Archive for the ‘ Exposiciones ’ Category

Pie de foto: ‘Niño con pistola’ de Francisco Ontañón

Francisco Ontañón, niño con pistola, grupo afal

Tengo un sufrimiento terrible con esa foto. Cuando pienso en ese niño siempre me pregunto qué habrá sido de él. Al verlo detenido en ese instante, apuntando con la pistola, con esa saña, pienso que yo le he hecho un delincuente. ¡Es una canallada la fotografía! ¡Haber fotografiado a una persona y no volver a saber de ella nunca más…!

Del documental Afal, una mirada libre, 2007

La galería ArteSonado de Segovia expone hasta el 16 de diciembre la obra de Francisco Ontañón. Aquí podéis descargar el catálogo en pdf.

‘Forest’ de Jitka Hanzlová

En la Sala Azca de la Fundación Mapfre se expone una retrospectiva de Jitka Hanzlová, probablemente habréis escuchado las sensaciones que transmiten sus fotos y los maravillosos retratos renacentistas que tiene. Y probablemente todo lo que hayáis escuchado sea cierto, es una de las mejores exposiciones de fotografía que he visto este año y, si pasáis por Madrid antes del día 2 de Septiembre, no os la podéis perder.

Uno de los trabajos que más me han gustado ha sido Forest: ramas, arañas, troncos retorcidos, pisadas y la sensación de que hay algo más detrás de cada imagen. El libro lo podéis ver en la biblioteca del Reina Sofía, el prólogo está escrito por John Berger. Pura estética, puro miedo.

Bosque, árboles, fundación Mapfre

Iba a las colinas del bosque por la mañana temprano cuando el bosque despierta. Estando allí respiraba el viento, las serenas voces de los pájaros y el silencio que adoro. Y luego, cuando me concentraba en una foto, dejaba de oír el silencio a mi alrededor. Era como si estuviera en un sitio diferente, como en una película. El bosque comenzaba a moverse y, cuando miraba a través de la cámara, tenía miedo. Quizás fuera sólo el encuadre o la quietud de la noche anterior. Era como si los pájaros y grillos hubiesen dejado de cantar, como si el viento hubiese ido a parar al valle. Nada, absolutamente nada que escuchar. Ni pájaros, ni viento, ni gente, ni grillos. La oscuridad de la luz y este otro silencio hacía que se me pusiesen los pelos de puntas… No podía localizar exactamente el miedo, pero venía de dentro. Fue la primera vez que lo sentía tan intensamente, pero no la última. ¡Me escapé!

Jitka Hanzlová

bosque, ramas, naturaleza

Es habitual decir que las fotografías interrumpen o detienen el paso del tiempo. Lo hacen, aunque en miles de formas distintas. El ‘momento decisivo’ de Cartier-Bresson es diferente que la ralentización y detención del tiempo en las las fotografías de Atget, o su parada ceremonial en lasde Thomas Struth. Lo que es curioso sobre algunas de las fotografías de Jitka de Forest – no ocurre con fotos de otras series- es que parecen no haber parado nada. En un espacio sin gravedad no hay peso, y en estas fotos suyas son, por así decirlo, sin peso en términos temporales. Es como si se hubiesen hecho entre tiempos, donde no existe ninguno… En el silencio del bosque algunos sucesos son incómodos y no se pueden situar temporalmente por lo que desconciertan e incitan la imaginación del espectador. (…) Sentimos cómo ocurren, sentimos su presencia y todavía no podemos enfrentarnos a ellos, por lo que ocurren para nosotros, en algún lugar entre el pasado, el presente y el futuro.

John Berger.

bosque, forest, ramas, árboles

Ya sé que no es lo mismo pero, si no podéis venir a Madrid, una parte de la exposición se puede visitar virtualmente en la web de la Fundación Mapfre y, si no tenéis acceso al libro, le podéis echar un vistazo en la genial web Have a Nice Book. Mejor que nada.

En las fotografías de Jitka no hay bienvenida. Fueron tomadas desde dentro. Es el interior profundo de un bosque, percibido como el interior de un guante desde la mano que está dentro.

John Berger.

Exposición “Bello Público” por Ajo

Esta exposición podéis verla hasta el día 31 de julio en el Matadero Madrid dentro del Festival de PhotoEspaña. Me ha gustado bastante, un proyecto sencillo pero con mucho encanto.

Todo empezó el día en que Javier Colis me regaló una cámara de fotos por mi cumpleaños, el 6 de octubre de 1998. Teniendo en cuenta que la taquilla del teatro Alfil era donde más tiempo pasaba sentada, no me fue difícil empezar retratando a los amigos que venian a saludarme que eran muchos y de muy variada condición y pelaje. Para cuando me dí cuenta había empezado esta colección que se prolongó lo que duró mi empleo, hasta bien entrado el siglo XXI, en concreto hasta 2003, momento en que me harté de tanto Bello Público y me convertí a la micropoesia “con las intenciones de forrarme en el momento” que dicen en la canción de Pata Negra.
En no más de 1 m2 se daban cita de manera improvisada perdonalidades de lo más variopinto: actores y músicos y cocineros y camellos y arquitectos y matemáticos y escritoras y presentadores de televisión y niños y millonarias y colgaos de barrio y strippers y la madre de alguien y poetas de Barcelona y directores de cosas, todo en todas sus combinaciones posibles. Aquello no era una taquilla, aquello era un planeta entero.
Y es que desde aquella ventanilla que daba a la calle del Pez, si que se percebia la cruda realidad azotandolo todo con el tiempo, el más precioso de los látigos conocidos y encargado, además, de colocarnos en una parte del puzzle que en ocasiones no esperábamos. Y esa es una de las razones por las que más merece la pena vivir, para ir viendo qué es lo que pasa despues, qué es lo que amenazaba con pasar y qué es lo que acabó pasando.
Y lo que ha pasado ha sido esto, así que tengo un motivo más para seguir creyendo sólo en lo imposible.
Eternamente agradecida a quienes están todavía, a los que estuvieron entonces y a quienes llegáis ahora.

Ajo (extracto de la publicación Bello Público)

Aquí describe con más detalle el desarrollo del proyecto.

 

La foto la he sacado de aquí.

Exposición de Eugène Atget en la Fundación Mapfre

La Fundación Mapfre acoge desde mañana en Madrid una nueva exposición compuesta por 228 fotografías del fotógrafo francés Eugène Atget (Libourne, 1857-París, 1927), singular maestro, cuya aportación a la historia de la fotografía ha sido fundamental. Sus enigmáticas imágenes han inspirado y siguen inspirando a muchos artistas a lo largo del siglo XX.

La exposición, que lleva como título Eugène Atget. El viejo París, muestra aquella capital francesa que estaba llamada a desaparecer por la llegada de la modernidad entre 1898 y 1924: calles, fachadas, detalles de ornamentos arquitectónicos, los pequeños comercios y sus gentes… Fotografías míticas llenas de belleza y misterio.

Atget, fotógrafo anclado a la tradición y la historia, fue, sin embargo, aclamado por el movimiento surrealista que rápidamente reconoció la innovación en su mirada. La muestra se completa con el álbum de Man Ray, compuesto por 44 fotografías de Atget, que permiten apreciar su modernidad. 

Maestro de maestros

E. Atget (1856-1927) constituye un referente imprescindible para la fotografía documental. Cuando varias de sus imágenes aparecieron en La Révolution surréaliste y él insistía en que sólo hacía “documentos para artistas”, no podía imaginar que muchos de esos documentos trascendían el objetivo para el que los había creado y no iban a ser superados en pureza e intensidad de visión; más aún: que formarían parte de los inicios de una de las corrientes fotográficas más poderosas y que se extiende hasta nuestros días.

Algunos de los jóvenes fotógrafos residentes en París en aquella época y que se movían en el círculo surrealista, como Henri Cartier-Bresson, Brassaï, Berenice Abbott o Walker Evans, recibieron una fuerte influencia no solo de la composición temática de Atget, sino también de su manera sistemática de abordar el tratamiento fotográfico de un lugar.

El valor de lo insignificante

Walker Evans –quien después de contemplar las fotografías de Atget que le había regalado Berenice Abott escribía: “me sentí electrizado y alarmado”– aprendería de Atget el valor cultural de lo insignificante y también el valor específico de la fotografía como documento.

La inmensa tarea que se planteó Atget –comprender e interpretar en términos visuales la tradición viva y antigua de su ciudad– pasa a la siguiente generación a través de los discípulos de Evans, entre los que se cuentan Robert Frank, Garry Winogrand o Lee Friedlander, junto a otros muchos que irán formando un linaje que llega hasta la actualidad en fotógrafos como Bern y Hilla Becher o Fazal Sheikh.

La imágenes de esta muestra provienen del Musée Carnavalet de París, la George Eastman House y las Colecciones de la Fundación Mapfre.

Madrid. Eugène Atget. El viejo París. Fundación Mapfre. 

Del 27 de mayo al 27 de agosto de 2011.

Hoyesarte.

Además, a partir de la semana que viene, van a hacer un ciclo de conferencias sobre Eugène Atget y la fotografía documental en el Auditorio de la fundación.  Aquí podéis ver el programa.

A lo mejor también te interesa: Citas (de y sobre) Eugène Atget

Retrospectiva de Alex Webb en el Centro de Arte de Alcobendas

“El color en la fotografía tiene un componente social”

Alex Webb, fotógrafo. Referente de la agencia Magnum, expone 30 años de trabajo

Entre “fascinado” y “horrorizado”. Así se quedó el fotógrafo Alex Webb (San Francisco, 1952) cuando leyó Los comediantes hacia 1975. Ambientada en Haití, en los tiempos más salvajes de la dictadura de François Papa Doc Duvalier, la novela de Graham Greene le marcó por su paradójica mezcla de violencia salvaje y alegre colorido. Hasta el punto de que su lectura le llevó a tomar una decisión que marcó su carrera: se pasó al color y no volvió a hacer fotos en blanco y negro.

Hasta entonces había fotografiado los parajes y gentes de Nueva Inglaterra, “una reserva emocional donde todo ocurre cuando las puertas de las casas se cierran”. Su salto al color tuvo algo de gesto revolucionario. Webb, uno de los fotógrafos de referencia de Magnum, venía de la tradición de la fotografía documental en blanco y negro. Su búsqueda del color en países como Haití, Cuba o México abriría el género a territorios coloridos poco transitados hasta entonces. Todo esto y mucho más puede verse en Alex Webb: Selecciones 1975-2004, retrospectiva de la obra del fotógrafo estadounidense que alberga el Centro de Arte de Alcobendas.

“Hacia 1975 me di cuenta de que mis retratos en blanco y negro de Nueva Inglaterra eran demasiado estáticos. Tras leer Los comediantes viajé a Haití, Jamaica y México. Allí descubrí que el color no era sólo una luz, sino que reflejaba una cultura. El color tenía un componente social”, aclara. Los colores, en efecto, no son inocentes. Webb, afincado en Nueva York, asegura que en Times Square también hay colores. Pero se trata de colores “comerciales”, cuya función es “vender” cosas.

Webb está obsesionado con los colores. Pese a que “nunca debes decir nunca jamás”, descarta regresar al blanco y negro. Por motivos, se podría decir, fisiológicos. “Mis sensaciones con el blanco y negro surgen de la cabeza, mientras que las que tengo con el color provienen del estómago. Son sentimientos completamente diferentes”.

El fotógrafo, que estudió Historia y Literatura, no cree que la fotografía posea la capacidad de la novela para contar una historia. Sus imágenes se mueven en el terreno de la “sugerencia” y la “ambigüedad”. “Contar una historia no es el término adecuado para describir lo que hace la fotografía con la realidad. Una fotografía vendría a ser la imagen de un poema”. Pero sería un error decir que las fotografías de Webb, protagonizadas por personajes que se cruzan y no tienen que ver entre sí, no cuentan cosas. La comisaria Lola Garrido cree que su “lenguaje narrativo” es como una “novela visual”. Con todo, Webb lo tiene claro: una fotografía no debe “dar respuestas” sino “hacer preguntas”.

Público.

‘Women are beautiful” de Garry Winogrand

La pasión por fotografiar a las mujeres

Guapas y libres. Así eran las mujeres que retrató el fotógrafo neoyorquino Winogrand. En la década de las revoluciones, los años sesenta, ellas hacían notar su presencia sintiendo por primera vez la importancia de su sexo. La serie ‘Las mujeres son bellas’ es un valioso documento para comprender una época.

“Cuando veo una mujer atractiva, hago lo que mejor sé hacer, fotografiarla”. Garry Winogrand (1928-1984), uno de los grandes fotógrafos estadounidenses, era así, directo y sincero. El “príncipe de las calles”, como le apodaron sus colegas, huyó de los estudios, de los flases, de escenarios fabricados, y eligió el contacto directo con la realidad. Su serie de retratos agrupados en la serie Women are beautiful (Las mujeres son bellas) es un testimonio directo de aquellas americanas que rompieron con los corsés y desafiaron al mundo en la década de los sesenta.

Nació y creció en el Bronx neoyorquino, se enroló fugazmente en el ejército y estudió arte en la Universidad de Columbia, pero todo pasó a un segundo plano cuando un amigo le mostró un cuarto oscuro. Fue su primera experiencia en el proceso de la fotografía. Un descubrimiento. “Nunca volví a pintar”, diría después.

Transformado en un compulsivo reportero –influido por Walker Evans y sus retratos de la América profunda–, fotografiaba “las cosas para ver a qué se parecen cuando han sido fotografiadas”. Expuso en tres ocasiones en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, consiguió dos becas del Guggenheim y fue un excelente profesor en el Instituto de Diseño de Chicago y en la Universidad de Tejas.

En 1950, las revistas ilustradas lo invadían todo. El mercado de la posguerra demandaba fotorreporteros y la generación de Winogrand, lejos de la imagen del fotógrafo de acción y aventurero, perseguía la autenticidad. Una buena muestra es la serie de mujeres de Winogrand, propiedad de la coleccionista Lola Garrido, que por primera vez se exhibe completa en Barcelona, en la Fundación Colectania. “Inge Morath [fotógrafa y esposa del escritor Henry Miller] me aconsejó comprarla. El portfolio de 85 fotografías salió a la venta en 1984 en San Francisco; es el trabajo de muchos años por las calles de varias ciudades, Nueva York, San Francisco, Aspen… Winogrand supo retratar lo que significó el cambio de actitud de la mujer”, afirma.

Las mujeres que inmortalizó Winogrand transmiten alegría de vivir, reflejan el cambio de hábitos de una sociedad a la que se incorporaron sin complejos. Ellas se convirtieron en protagonistas. Se manifestaban con pancartas a favor del aborto, lanzaban sus sujetadores a la basura, cortaron sus faldas y trabajaron en oficios hasta entonces considerados solo de hombres. En los años de la guerra fría, una nueva generación pedía paso. John F. Kennedy llegaba a la presidencia de Estados Unidos como la gran esperanza; I want to hold your hand, de Los Beatles, escalaba el primer puesto de las listas americanas; las mujeres se enrolaban en el movimiento feminista, mostraban su cuerpo sin inhibiciones, paladeaban su libertad. Winogrand atrapó aquel goce de una conquista. “No es un reportaje”, dice Garrido, “son fotos hechas al azar. Para hacer esta serie disparó más de 15.000 imágenes. Buscaba el gesto y luego editaba las fotos”. Women are beautiful apareció en 1975. No tuvo mucho éxito. Fotógrafos y críticos encontraron la obra desigual, pero se convirtió en un símbolo. De una época, de una revolución. Winogrand inició este trabajo en 1960, a las puertas de la guerra de Vietnam, que marcó a fuego a la sociedad norteamericana, y la publicó en 1975, cuando cayó la ciudad de Saigón.

“No sé si todas las mujeres de las fotos son bellas, pero sí que las mujeres son bellas en las fotos”, escribió Garry Winogrand en el prólogo de su libro. Aquellas guapas mujeres anónimas ni siquiera se fijaban en un hombre con una Leica de gran angular preenfocado que tomaba fotos sin mirar por el visor, sin encuadrar. Winogrand observaba, divisaba una chica guapa con buenos pechos y disparaba. Mujeres en las avenidas neoyorquinas, riendo, sonriendo, tumbadas, con una pierna levantada, en gestos que hasta entonces nunca habían sido reflejados. “Es uno de los fotógrafos que más han hecho por la liberación de la mujer”, asegura Lola Garrido. “El primero que retrató a las mujeres como son de verdad”.

John Szarkowski, el primer director del departamento de fotografía del MOMA, llamaba a Garry Winogrand “el principal de su época”. Junto a Diane Arbus y Lee Friedlander encabezó una nueva generación de fotógrafos que pretendieron no reformar la vida, sino conocerla. O, como decía el pintor Frank Stella, todo lo que hay que ver es lo que ves. Eso es lo que hacía Winogrand con un estilo de encuadres diagonales muy cercano al expresionismo abstracto.

Winogrand oscilaba entre el optimismo y la melancolía. Su primera mujer le acusaba de egocéntrico, exigente e insensible. Lo cierto es que vivía para la fotografía. “Sentí que era mi camino y me agarré a él. Lo necesito desesperadamente y nada me ha hecho nunca apartarme de la fotografía”. 1975, cuando publicó Women are beautiful, fue un mal año para él. Dejó de fumar, engordó 15 kilos, y detectaron que algo no iba bien en su tiroides. Cuando murió, en 1984, dejó en su estudio más de 300.000 rollos de películas sin revelar, miles de fotos sin clasificar. Un final digno para su gran pasión.

La exposición ‘Women are beautiful’ se inaugura en la Fundación Foto Colectania (Julián Romea, 6. Barcelona), el próximo miércoles.

Julia Luzán. El País.


Exposición de André Kertész en La Fundación Carlos de Amberes

Las fotografías de André Kertész cruzan el siglo XX como las puntillas de bailarina: vuelan sin dejar nunca de pisar tierra. La exposición que desde hoy [ayer] le dedica la Fundación Carlos de Amberes de Madrid (100 imágenes que permanecerán los próximos tres meses) demuestran por qué Kertész inspiró a los pioneros de un arte que llevó la vida cotidiana a las vanguardias. De él dijo Henri Cartier-Bresson: “Inventemos lo que inventemos, Kertész siempre fue el pionero”.

Hungría, Francia y Estados Unidos fueron los tres países que marcaron su vida y por eso la exposición que ahora se inaugura divide su obra en esas tres paradas geográficas. El recorrido arranca con la fotografía, de 1912, de un joven durmiendo, y acaba, en 1984, con una polaroid tomada desde su casa de Nueva York. Nacido en el seno de una familia judía de la Budapest austrohúngara, Kertész se alistó como alférez en 1914, tras estallar la Gran Guerra. Ahí, con su cámara, dará cuenta de la vida cotidiana de los soldados. El destino quiso que una herida en un brazo le alejara de la contienda. En el hospital empieza a experimentar con su cámara. Las formas torcidas (en la exposición se puede contemplar una serie de desnudos tan deformes como hermosos) fueron una de sus señas de identidad.

Pero fue París la que cambió al fotógrafo húngaro y es allí donde arranca su fama. Retrata a sus amigos (Mondrian, Chagall, Collete o Eisenstein) y ejerce una notable influencia en compatriotas suyos que empiezan, como Brassaï. Otro húngaro, el célebre Robert Capa, llegó de su mano a París. “La influencia de Kertész es enorme y su legado incomparable”, afirma el comisario de la exposición, Peter Baki, director del Museo Húngaro de la Fotografía, que posee un fondo de 100.000 imágenes que pretenden reivindicar la importancia de los fotógrafos húngaros en la historia del arte (de Capa a Brassaï, Laslo Moholy-Nagy y, por supuesto el propio Kertész, quien donó toda su obra a esta institución).

Huyó del nazismo

Kertész murió en 1986 en Nueva York, había llegado allí con su mujer Elisabeth Sali huyendo del nazismo. Su suerte cambió cuando la editorial Condé Nast se fijó en él, empieza a trabajar para algunas de sus publicaciones (Vogue, Harper’s Bazaar) y pocos años después logra la nacionalidad. En los años cincuenta ya es un fotógrafo consagrado. “Cambió el paisaje del campo húngaro por el paisaje urbano de Nueva York. Su época parisina estuvo más volcada en el retrato”, explica Peter Baki.

La muerte de su mujer, compañera desde los felices años de París y en los terribles de la huída a EE UU, le llevó a encerrarse en su casa, deprimido, donde inició su maravillosa serie de polaroids dedicadas a los objetos de la vida con su mujer. Vivió el duelo de la única manera que sabía: disparando una fotografía detrás de otra, sacando con ellas los gritos que se ahogaban en su cuerpo. La sobrevivió casi una década, pero nada volvió a ser igual. En una de sus imágenes más terribles (presente en Madrid) fotografió un muro derribado sobrevolado por unos pájaros. Fue en su último viaje a Hungría, buscando un país que ya no reconocía. Esperó una hora a encontrar la imagen que buscaba para explicar aquel último viaje.

El País.

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