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James Nachtwey. Un lugar para la belleza

James Nachtwey ha estado recientemente en España para recoger el Premio Luka Brajnović en la facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. En su visita a España, también visitó Madrid donde participó en la serie Conversaciones con. Ésta es una selección de citas surgidas estos encuentros publicadas en diferentes medios de comunicación.

Una fotografía que muestre la verdadera naturaleza de la guerra es una declaración contra ella.

James Nachtwey

Una reliquia de la guerra civil convertida en monumento en un parque. James Nachwey, Nicaragua, 1984.

Mi trabajo está dirigido a apelar a través de imágenes a los mejores instintos de la gente: la generosidad, la tolerancia, la capacidad de identificarse con las vidas de otros y, quizás lo más importante, el rechazo para aceptar lo inaceptable.

James Nachtwey

Superviviente de uncampo de exterminio hutu, James Nachtwey, Ruanda, 1994.

Sé que con cada cobertura me llevo una parte del dolor, pero nunca es comparable al que sufren las víctimas. La mía es solo una parte mínima que siempre te acompaña. Tienes que aprender a llevar ese peso con gracia.

James Nachtwey

James Nachtwey, El ejército evacua soldados heridos de un campo de fútbol. El Salvador, 1984.

Son mariposas de colores. Hay algo muy conmovedor para mí acerca de la inocencia de esas chicas en esta foto, con sus vestidos de domingo, recién planchados al salir de misa. Es un momento de lírica, de poesía, en medio de una situación brutal. El helicóptero está ahí recogiendo soldados heridos. Aun en los lugares más oscuros y en las situaciones más tenebrosas hay lugar para la belleza, para lo bueno.

Web de James Nachtwey

Fuentes 1 y 2

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Entrevista a James Nachtwey

Esta entrevista se la hicieron a James Nachtwey después de ganar el World Press Photo en el 1993 por su trabajo sobre el hambre en Somalia. La he transcrito directamente del catálogo.

¿Por qué decidió ir a Somalia?

En los últimos años, había estado siguiendo de cerca la situación en Somalia, y la magnitud del desastre hizo que sintiera la necesidad de contribuir de alguna manera. Lo primero que se me ocurrió fue enviar dinero a varias organizaciones de ayuda activas en la región, pero después de pensarlo un tiempo me pareció que era una solución demasiado impersonal. Así que me decidí a ir a Somalia y ejercer mi trabajo como fotógrafo. No conseguí que me asignaran un trabajo ni apoyo económico, pero decidí irme de todas formas.

¿Estaba emocionalmente preparado para lo que iba a encontrar allí?

No creo que nada hubiese podido prepararme para enfrentarme a lo que vi. Y todo ello, a pesar de no ser la primera vez que fotografiaba pueblos hambrientos, cosa que ya había hecho en Sudán y Etiopía.

Pero nunca había visto una situación tan dramática como ésta. La mayoría de la gente de Etiopía vivía en campamentos, donde recibían una alimentación y atención constante y continuada. En Somalia, la situación todavía no había llegado a esa etapa. Aún llegaban personas del interior del país sin saber todavía dónde daban comida y mucho de los alimentos no llegaban a su destino debido a los saqueadores. La situación era mucho más caótica y las necesidades mucho mayores de lo que había visto hasta el momento.

¿Cómo reaccionan estas personas ante la cámara?

En realidad no reaccionan. Tienen tantas preocupaciones tan urgentes que la mayoría de cosas de su alrededor les pasan inadvertidas. Es una de las consecuencias de la malnutrición. Probablemente pensarían que formaba parte de las organizaciones de ayuda que trabajaban allí. Y en parte tenían razón porque me sentía parte de este esfuerzo. Después de todo, la razón de mi viaje era concienciar a la gente para animarla a ayudar a esta gente. No puedo imaginar otra razón para hacer este reportaje. Además, hace que la ayuda llegue de una forma más inmediata. A Baidoa seguían llegando personas que no sabían dónde estaban los centros de distribución de comida. Algunos estaban tan débiles que ni siquiera eran capaces de mantenerse en pie para ir a buscarlos. Cada vez que me encontraba a alguien en esta situación, las llevaba en mi coche. Si los hubiese abandonado, probablemente habrían muerto. No hay nada que te haga sentir más impotente que ver a alguien morir a tu lado.

¿Cuánto tiempo estuvo en Somalia?

Estuve en dos ocasiones: La primera vez estuve diez días en Baidoa y la segunda cinco días en Bardera. Las condiciones eran extremadamente malas en ambas localidades.

¿Qué le llevó a volver al país?

El segundo viaje lo hice trabajando para el periódico francés Libération, que habían visto las fotos del primer viaje. Pero para ser sincero, una parte agoísta dentro de mí no quería volver. Aún estaba asustado y muy cansado por todo lo que había vivido. A pesar de ello, nunca hubiese rechazado la oportunidad de volver, me sentía obligado a hacerlo.

¿Se hace una idea de la repercusión que puede hacer tenido su trabajo?

Sería imposible de calcular. Pero siempre sucede con el trabajo de la prensa en general. Por supuesto, me gustaría que mi trabajo tuviera un impacto en la opinión pública, cualquiera que fuese el tema que tratara. Pero es imposible saber en qué medida mi trabajo afecta a la gente. Se podía decir que tengo una especie de creencia metafísica en el efecto de los medios de comunicación de masas. Estoy seguro de que la gente responde a esos estímulos. Creo que la prensa en general (y no sólo me refiero a la fotografía) contribuyó a la mejora de las condiciones en Somalia, sobre todo en el envío de ayuda. Lo malo fue que cuando llegó esta ayuda, la catástrofe ya era irremediable.  Me hubiera gustado ir antes pero otros compromisos no me lo permitieron.

¿Por qué no se ven en sus fotografías los aspectos más políticos de la situación, como el saqueo de alimentos?

Estuve en Somalia muy poco tiempo. Fui con la intención de fotografiar el hambre y me concentré en eso. No tenía la intención. No quería ejercer de reportero, sino motivar a la gente a ayudar a esta gente.

¿Por qué las hizo en blanco y negro?

Me pareció que así podría plasmar mejor el impacto emocional de la situación, que ayudaría a fortalecer el mensaje. La historia era sumamente sencilla, casi brutal en su simplicidad.

¿Le gustaría añadir algo más?

Me gustaría felicitar y agradecer por su trabajo a las organizaciones y personas que se esfuerzan en ayudar a Somalia, especialmente a la Cruz Roja Internacional, que me ofreció hospitalidad y apoyo. si no hubiese sido por su ayuda, quizás no hubiese sido posible conseguir estos resultados. Fue un esfuerzo compartido pero la tarea aún no ha terminado. La reconstrucción de Somalia será un largo y complicado proceso.

Somalia, 1992, Primer Premio World Press Photo 1993

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James Nachtwey Vs Robert Frank

Fotografías de James Nachtwey sobre el tsunami de Japón

James Nachtwey

Jodi Bieber habla sobre la foto de Bibi Aisha (World Press Photo 2011)

 

James Nachtwey Vs Robert Frank

No tenía dinero para una escuela de fotografía, así que iba librerías cada día para estudiar cada libro que cayera en mis manos. The Americans de Robert Frank me dejó impactado. Era de tapa blanda, uno de los primeros libros que me pude permitir comprar. Lo he mirado unas cien veces en un año. El trabajo es tan crudo y directo… Parece que no hay barreras entre la fotografía y la vida. No es que las imágenes estén perfectamente cuidadas; son eléctricas. Frank no viajó a exóticos lugares ni se metió en sucesos dramáticos. Vió el drama latente en las situaciones más ordinarias. Podría hacer una foto dentro de un ascensor y ponerte los pelos de punta. La historia está escrita en la cara de la gente qu te cruzas por la calle cada día y sus ojos supieron verlo. The Americans está lleno de fotos geniales, pero aislar una sola estaría fuera de lugar. El libro es una entidad en sí misma, hecha añicos, y unida de nuevo.

Traducción de un fragmento de un artículo de Guardian, en el que varios fotógrafos comentan la obra de sus colegas. Pero ésta es la mejor 😉

Fotógrafos de guerra

Chris Hondros, Guerra de Liberia, 2003

Fótografos en combate

Se juegan el pellejo en cada disparo. Nos enseñan lo que no queremos ver. Tim Hetherington y Chris Hondros, dos grandes del oficio, han muerto recientemente en Libia. Destacados fotoperiodistas han seleccionado para ‘El País Semanal’ una de sus imágenes más icónicas. A partir de ellas reflexionan sobre los desastres de la guerra.

Con 17 conflictos armados en la retina y una exitosa trayectoria, la estadounidense Corinne Dufka dejó para siempre el fotoperiodismo en 1998. El 7 de agosto de ese año subió a un avión desde Nairobi (Kenia) para viajar hasta las entrañas de la segunda guerra de Congo. Al poco de iniciar el vuelo, una bomba estallaba junto a la embajada estadounidense en la capital keniana. El brutal atentado, atribuido a Al Qaeda, provocó la muerte de más de 200 personas. Miles resultaron heridas. Dufka aterrizó en Congo y al conocer la noticia hizo todo lo posible por regresar a Nairobi. Pero llegó 12 horas más tarde del suceso. Perdió la historia. No pudo mandar una sola foto a la agencia para la que trabajaba. Estaba tan frustrada que se descubrió a sí misma incapaz de manifestar sentimiento piadoso alguno hacia las víctimas de la matanza. Enfilaba una senda peligrosa. Había perdido el control. Su mirada llevaba demasiado tiempo sobreexpuesta a la sangre humana. Unos días más tarde, la roca se desmoronó. Rompió a llorar mientras veía por televisión un reportaje sobre personas que quedaron ciegas por el impacto de cristales en sus ojos a causa de la explosión. Y se dijo: “Me salgo. Punto y final”.

Jugarse el pellejo no es el único peaje que abonan quienes se dedican a retratar el horror. Hay que estar dispuesto a mirar. Y asumir las consecuencias. El alma paga un precio. Un reportero en zona de conflicto sabe lo que busca, pero nunca está preparado del todo para lo que va a presenciar. De todos los testigos de la cruda realidad belicosa, el fotógrafo -y el camarógrafo televisivo, pero esa es otra apasionante historia- es el único que no puede mirar hacia otro lado en ningún momento. Son nuestros ojos sobre el terreno. Nos enseñan lo que no queremos ver. La prueba irrefutable de los estragos de la violencia. Concentran su mirada en el pequeño visor de la cámara mientras llueven las balas. Prestan a veces más atención al encuadre que a su propia seguridad.

Gervasio Sánchez

Al miedo físico hay que añadir los fantasmas de la memoria. El cordobés Gervasio Sánchez -premio, entre otros, Nacional de Fotografía y Ortega y Gasset de Periodismo- asegura que nunca necesitó ir a un psicólogo. Ha documentado conflictos armados en medio mundo y emplea como bálsamo espiritual una simple receta: “Reencontrarme con los que un día fotografié en momentos y lugares de guerra. Saber que han sobrevivido, volver a verles y comprobar que las historias perduran más allá de las imágenes”.

Poco han cambiado las reglas de este oficio desde que André Friedmann, más conocido como Robert Capa para mayor gloria del fotoperiodismo, proclamase la archiconocida necesidad de estar cerca de las historias para poder atrapar instantáneas suficientemente buenas. A pesar de considerar a Capa el primer gran fotógrafo de guerra de la era moderna, los historiadores coinciden en catalogar como pionero en la materia al británico Roger Fenton por su cobertura de la guerra de Crimea a comienzos de 1855. Como argumentaba Susan Sontag en su ensayo Ante el dolor de los demás (Alfaguara), “desde que se inventaron las cámaras en 1839, la fotografía ha acompañado a la muerte”.

Roger Fenton, Gerra de Crimea

Muchos de los mejores del gremio detestan el apelativo “fotógrafo de guerra”. Es el caso de una vaca sagrada llamada Don McCullin (Reino Unido, 1935), hoy retirado. A Gervasio Sánchez tampoco le hace mucha gracia: “No me considero como tal por respeto a mis compañeros muertos cuando hacían periodismo puro, alejado de la basura de intereses políticos y económicos. Simplemente, vamos a lugares donde suceden grandes tragedias. No necesitamos que se nos considere especiales”. Una leyenda viva como James Nachtwey asume, en cambio, la etiqueta. Desde Afganistán explica por qué: “Cuando tomé la decisión de dedicarme a la fotografía fue para ser fotógrafo de guerra”.

Como quiera que se llamen los integrantes de esta tribu indomable, la única certeza es su permanente contacto con la muerte. Un roce demasiado intenso. Recientemente vimos correr ríos de tinta en la prensa occidental tras los fallecimientos en Libia del británico Tim Hetherington, de 40 años, y el estadounidense Chris Hondros, de 41. Fotorreporteros de reconocido prestigio, ambos han pasado a engrosar la veintena de periodistas caídos en el ejercicio de su profesión en lo que va de año, según el Committee to Protect Journalists (www.cpj.org). Nada nuevo bajo el sol. Seguirá ocurriendo mientras exista alguien dispuesto a testimoniar las contiendas y sus consecuencias. ¿Pero son capaces de provocar este tipo de imágenes algún cambio en el devenir de la humanidad? Don McCullin está convencido de lo contrario. Al teléfono desde su retiro en Somerset (Reino Unido), aclara: “Desde niño he visto este tipo de fotos, y nada ha cambiado en 60 años respecto a la guerra”. James Nachtwey prefiere, sin embargo, mostrar más optimismo: “La fotografía de guerra tiene la posibilidad no solo de documentar la historia, sino de cambiar el curso de la historia. Es una herramienta para analizar la sociedad críticamente, un elemento importante en el factor de cambio”.

Chris Hondros, Guerra de Irak, 2005

En una era de sobresaturación de imágenes, todos los protagonistas de estas páginas coinciden en destacar la supremacía del impacto visual que la fotografía mantiene respecto al vídeo. Benjamin Lowy, curtido en la guerra de Irak, asegura que “nuestra memoria no procesa vídeos, sino imágenes congeladas”. Y elige dos iconos del desastre armado para rematar su argumento: “Tenemos grabada la instantánea de la muchacha corriendo desnuda achicharrada por el napalm en Vietnam. O la foto que Chris Hondros tomó a la niña iraquí de seis años empapada en la sangre de sus padres tras ser ejecutados por soldados estadounidenses”. Aquí se plantea otro dilema: ¿hasta dónde enseñar?, ¿dónde está el límite de nuestra capacidad de mirar?

“Hay que mostrarlo todo, pero con un lenguaje más sofisticado”, propone y predica con el ejemplo el jerezano Emilio Morenatti, miembro de la agencia Associated Press. “La foto del niño rodeado de moscas… Ya estamos anestesiados al respecto. Esas imágenes ya no llegan”. Morenatti resultó herido en Afganistán por la explosión de una mina antitanque en 2009 mientras patrullaba empotrado con una unidad del Ejército estadounidense. Sufrió la amputación de la pierna izquierda por debajo de la rodilla, pero sigue considerando un privilegio poder contar la guerra, “lo peor del ser humano”. “Aunque en lugar de estar en el frente, preferiría ir a la segunda línea. Y que el tipo de foto que he elegido para este reportaje sea la prioridad: buscar una imagen más icónica de la tragedia”.

Emilio Morenatti, mujeres paquistaníes luchando por alimentos básicos. Paquistán, 2005.

El trabajo de Morenatti puede verse ahora junto al de otros destacados compatriotas en la recopilación elaborada por Rafael Moreno y Alfonso Bauluz para la editorial Turner bajo el título de Fotoperiodistas de guerra españoles. Un libro que recupera obras de pioneros como Enrique Facio y analiza la obra de los más actuales Enrique Meneses, Javier Bauluz, Santiago Lyon, Enric Martí o Sandra Balcells, además de rendir merecido homenaje a algunos de los caídos: Juantxu Rodríguez, reportero de EL PAÍS abatido en 1989 durante la invasión de Panamá; Jordi Pujol, del diario Avui, muerto en 1992, a los 25 años, en Sarajevo; y Luis Valtueña, fallecido en 1997, a los 33 años, cerca de la ciudad ruandesa de Ruhengeri.

La memoria de los muertos en acto de servicio aviva las ansias de los que quieren seguir mirando por todos nosotros a través de las cámaras. El veterano Don McCullin muestra preocupación desde su retiro por lo que considera uno de los males de este oficio en la actualidad: “Los ejércitos controlan mucho a los medios. Y por otra parte, los periódicos parecen hoy más interesados por las celebridades y el fútbol. Están vendiendo su integridad, desdibujando su naturaleza como espacio donde encontrar la auténtica verdad”. Menos apocalíptico, dispuesto a seguir retratando el horror pase lo que pase, Benjamin Lowy asegura haber aprendido algo en el frente: “Los seres humanos nunca han dejado de batallar. Siempre lo harán. Por eso es importante documentar la guerra. Para saber lo que el hombre es capaz de hacer en nombre de cosas como el dinero, por ejemplo”.

Quino Petit, El País.

Nick Ut, Guerra de Vietnam, 1972.

 

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Fotografías de James Nachtwey sobre el tsunami de Japón

La escala de lo ocurrido va más allá de lo que se cree. Un desastre de tal magnitud en un sólo pueblo ya sería una catástrofe. Sería increíble. Y esto ocurrió en todos y cada uno de los pueblos desde la costa sur de Sendai hasta zona norte de Honshu. Toda la costa, poblado a poblado. Es apocalíptico. Y todo ocurrió en… ¿Cuánto? ¿Cuánto tardó la ola en romper y desaparecer? ¿Media hora? Fue muy rápido. El océano sencillamente arrasó, engulló, una enorme zona costera japonesa, altamente poblada. Cada pueblo ha sido barrido. Exterminado.

James Nachtwey.

 

Más.

James Nachtwey. Soy un testigo

James Nachtwey

Víctima de una hambruna. James Nachtwey, Sudán, 1993.

Soy un testigo, y quiero que mi testimonio sea honesto y sin censura. También quiero que sea poderoso y elocuente, y quiero hacerle tanta justicia como sea posible a la experiencia de las personas que fotografío. Este hombre estaba en un centro de alimentación de una ONG; se le ayudaba tanto como era posible. No tenía literalmente nada. Era virtualmente un esqueleto, y sin embargo aún podía reunir el coraje y la voluntad para moverse. No se había rendido, y si él no se rindió, ¿cómo podría cualquiera en el resto del mundo siquiera pensar en perder la esperanza?

James Nachtwey

Está sacado de otra genial conferencia de TEDGlobal. Podéis verla aquí completa.

James Nachtwey

Soy un testigo, y quiero que mi testimonio sea honesto y sin censura. También quiero que sea poderoso y elocuente, y quiero hacerle tanta justicia como sea posible a la experiencia de las personas que fotografío. Este hombre estaba en un centro de alimentación de una ONG; se le ayudaba tanto como era posible. No tenía literalmente nada. Era virtualmente un esqueleto, y sin embargo aún podía reunir el coraje y la voluntad para moverse. No se había rendido, y si él no se rindió, ¿Cómo podría cualquiera en el resto del mundo siquiera pensar en perder la esperanza?

James Nachtwey

Está sacado de otra genial conferencia de TEDGlobal. Os la dejo aquí pero, como el insertar videos no sé me da muy bien, si no se ve, id aquí. Ya sabéis que si queréis poner los subtítulos en español, sólo tenéis que hacer clic en “view subtitles” 😉

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