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Nan Goldin habla sobre su último trabajo en el que retrata la infancia

Ya no fotografío adultos tanto como antes. No tengo hijos y psicológicamente la obsesión que tengo con ellos tiene bastante que ver con mis ganas de ser madre. Pero soy la madrina de los hijos de amigos por todo el mundo – en Berlín, Nueva York, Suecia e Italia. No recuerdo muy bien sobre lo que suponía ser una niña, así que quizás fotografiarlos me trae recuerdos. Son salvajes y mágicos, como llegados de otro planeta. Y todavía no están socialmente condicionados, así que pueden gritar y expresar sus sentimientos públicamente. A veces los envidio. Cuando estoy con un grupo de gente, los niños y yo nos miramos mutuamente y nos acabamos riendo de lo mismo sin mediar palabra.

He estado fotografiando niños desde principios de los ochenta y cada vez se ha ido convirtiendo en algo más importante. Veo un continuum en los hijos de mis amigos, algunos de los cuales han muerto. Es como esperar que mis amigos eduquen a un nueva especie de personas.

Los pases de diapositivas son el medio con el que mejor me expreso; son como películas que se pueden editar constantemente. Siempre van creciendo cuando los voy enseñando a lo largo de los años. Estas fotos son la segunda versión de un pase de diapositivas que expuse por primera vez en Atenas el año pasado. Las imágenes están editadas y sincronizadas con una banda sonora. La música era lo primero: todas las canciones las cantaban niños, excepto la primera que era sobre el embarazo.

Éste es uno de mis trabajos más optimistas: no se centra en la pérdida, la muerte o la oscuridad. En otros trabajos, he querido que la gente se desmayara, que vomitara o que llorara.También he querido tocarlos y hacerlos reír. Aquí no quiero que se mareen ni que vomiten, pero quiero sacar algo de esa nueva bruja puritana que caza a los niños y a su sexualidad. Todo el mundo ha salido del cuerpo de una mujer, y no debemos olvidarlo ni tenerle miedo. Me sorprende que haya tanta controversia sobre amamantar públicamente a un bebé, que se considere desagradable. O que sobre que los niños correteen desnudos, especialmente en Estados Unidos. Los niños no deberían asustarse de su propio cuerpo, es lo peor que puedes hacerle a un ser humano.

Algunas fotografías son recientes y otras de mi archivo. A todos los niños los conozco, mi sobrino, los gemelos de mi amiga Amanda, que he estado fotografiando desde 1989… Hay muchas fotos de Bruno, el chico con una carcomanía, que es el hijo de un amigo.  Hace poco encontré una nueva foto de él en la que aparece muy triste y realmente me conmueve.

En general, les encanta que les hagan fotos. Nunca preparo nada, cosa que a la gente le cuesta creer, pero es verdad. Simplemente dejo que los niños sean ellos mismos e intento averiguar quién son, y voy todo lo lejos que puedo. Me interesa cómo se identifican a sí mismos por el género. Creo que para ellos es algo fluido. Me atrae la melancolía que veo y cómo se refugian en su propio mundo. Me interesa la relación que tienen con sus padres – tanto si tienen una relación cercana como sentimientos encontrados. Hay una canción sobre un niño increíblemente cariñoso que no quiere que su madre se desnude: quiere cuidar de ella.

Me gustan los niños que se disfrazan. Probablemente mi fotografía favorita es la de mi hijastra Klara sobre una lata de pintura cantando envuelta en pañuelos. Siempre que iba a visitarlas, su hermana y ella se disfrazaban y hacían una actuación para mí.

El niño de camuflaje nació chica, pero decidió crecer como chico, después volvió a cambiar a los 15. La foto de la chica mirando a través de un agujero me recuerda mucho a mí misma, escondiéndome pero queriendo ver. El bebé en la almohada azul tenía como un año y cuando me miró sentí que sabía todo. Hay gente que dice que los niños saben todo y que la vida consiste en olvidar y quizás sea cierto. Saben algo que nosotros no sabemos porque acaban de salir del útero. Quería mostrar todo el desarrollo, así que he incluido bebés antes de que nacieran, como la de mi amiga embarazada riéndose en la bañera. Dio a luz aquella noche, cuando me fui y me gusta prensar que ese flash sacó al niño de su vientre.

No salgo con la cámara últimamente. No tengo la misma relación con ella. Nunca he considerado la fotografía como un arte elevado. Todo el mundo hace fotos, ahora hasta los teléfonos las hacen. Todo el tema digital me deprime mucho; mi proceso creativo ha desaparecido. Había un montón de cosas que podrían salir en la fotografía sin que lo supieras, cosas que no sabías que estaban ahí hasta que veías la fotografía; ahora todo es muy monótono. Y realmente nunca  me he considerado fotógrafa.

Creo que mi trabajo surge de una visión humanista del mundo, más que de una manipulación o versión teórica del arte. Trata de la gente y los lugares que amo, y eso me fascina.


Influencias: Cuando estaba empezando, John Cassavetes, Guy Bordin y August Sander. Ahora, Christer Stromholm y Anders Petersen.

Mejor consejo: No lo hagas. Hay demasiados fotógrafos. Intenta implicarte políticamente con algo que realmente importe.  Y a no ser que necesites hacer arte para seguir vivo, no lo hagas.

Momento culminante: Aprecio todo lo que va llegando y no sabía que vendrían más. Pero la retrospectiva en el Whitney, en 1996; el último libro que publiqué, The Beautiful Smile, y la exposición en el Louvre fueron momentos realmente culminantes.

Peor momento: Los últimos siete años, no he podido publicar un libro por un contrato y se me ha considerado una artista muerta.

El artículo original en inglés es de Guardian y aquí podéis ver más fotos.

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Nan Goldin habla sobre Cookie Mueller.

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Nan Goldin. Infancia

Ya no fotografío adultos tanto como antes. No tengo hijos y psicológicamente la obsesión que tengo con ellos tiene bastante que ver con mis ganas de ser madre. Pero soy la madrina de los hijos de amigos por todo el mundo – en Berlín, Nueva York, Suecia e Italia. No recuerdo muy bien sobre lo que suponía ser una niña, así que quizás fotografiarlos me trae recuerdos. Son salvajes y mágicos, como llegados de otro planeta. Y todavía no están socialmente condicionados, así que pueden gritar y expresar sus sentimientos públicamente. A veces los envidio. Cuando estoy con un grupo de gente, los niños y yo nos miramos mutuamente y nos acabamos riendo de lo mismo sin mediar palabra.

He estado fotografiando niños desde principios de los ochenta y cada vez se ha ido convirtiendo en algo más importante. Veo un continuum en los hijos de mis amigos, algunos de los cuales han muerto. Es como esperar que mis amigos eduquen a un nueva especie de personas.

Los pases de diapositivas son el medio con el que mejor me expreso; son como películas que se pueden editar constantemente. Siempre van creciendo cuando los voy enseñando a lo largo de los años. Estas fotos son la segunda versión de un pase de diapositivas que expuse por primera vez en Atenas el año pasado. Las imágenes están editadas y sincronizadas con una banda sonora. La música era lo primero: todas las canciones las cantaban niños, excepto la primera que era sobre el embarazo.

Éste es uno de mis trabajos más optimistas: no se centra en la pérdida, la muerte o la oscuridad. En otros trabajos, he querido que la gente se desmayara, que vomitara o que llorara.También he querido tocarlos y hacerlos reír. Aquí no quiero que se mareen ni que vomiten, pero quiero sacar algo de esa nueva bruja puritana que caza a los niños y a su sexualidad. Todo el mundo ha salido del cuerpo de una mujer, y no debemos olvidarlo ni tenerle miedo. Me sorprende que haya tanta controversia sobre amamantar públicamente a un bebé, que se considere desagradable. O que sobre que los niños correteen desnudos, especialmente en Estados Unidos. Los niños no deberían asustarse de su propio cuerpo, es lo peor que puedes hacerle a un ser humano.

Algunas fotografías son recientes y otras de mi archivo. A todos los niños los conozco, mi sobrino, los gemelos de mi amiga Amanda, que he estado fotografiando desde 1989… Hay muchas fotos de Bruno, el chico con una carcomanía, que es el hijo de un amigo.  Hace poco encontré una nueva foto de él en la que aparece muy triste y realmente me conmueve.

En general, les encanta que les hagan fotos. Nunca preparo nada, cosa que a la gente le cuesta creer, pero es verdad. Simplemente dejo que los niños sean ellos mismos e intento averiguar quién son, y voy todo lo lejos que puedo. Me interesa cómo se identifican a sí mismos por el género. Creo que para ellos es algo fluido. Me atrae la melancolía que veo y cómo se refugian en su propio mundo. Me interesa la relación que tienen con sus padres – tanto si tienen una relación cercana como sentimientos encontrados. Hay una canción sobre un niño increíblemente cariñoso que no quiere que su madre se desnude: quiere cuidar de ella.

Me gustan los niños que se disfrazan. Probablemente mi fotografía favorita es la de mi hijastra Klara sobre una lata de pintura cantando envuelta en pañuelos. Siempre que iba a visitarlas, su hermana y ella se disfrazaban y hacían una actuación para mí.

El niño de camuflaje nació chica, pero decidió crecer como chico, después volvió a cambiar a los 15. La foto de la chica mirando a través de un agujero me recuerda mucho a mí misma, escondiéndome pero queriendo ver. El bebé en la almohada azul tenía como un año y cuando me miró sentí que sabía todo. Hay gente que dice que los niños saben todo y que la vida consiste en olvidar y quizás sea cierto. Saben algo que nosotros no sabemos porque acaban de salir del útero. Quería mostrar todo el desarrollo, así que he incluido bebés antes de que nacieran, como la de mi amiga embarazada riéndose en la bañera. Dio a luz aquella noche, cuando me fui y me gusta prensar que ese flash sacó al niño de su vientre.

No salgo con la cámara últimamente. No tengo la misma relación con ella. Nunca he considerado la fotografía como un arte elevado. Todo el mundo hace fotos, ahora hasta los teléfonos las hacen. Todo el tema digital me deprime mucho; mi proceso creativo ha desaparecido. Había un montón de cosas que podrían salir en la fotografía sin que lo supieras, cosas que no sabías que estaban ahí hasta que veías la fotografía; ahora todo es muy monótono. Y realmente nunca  me he considerado fotógrafa.

Creo que mi trabajo surge de una visión humanista del mundo, más que de una manipulación o versión teórica del arte. Trata de la gente y los lugares que amo, y eso me fascina.


Influencias: Cuando estaba empezando, John Cassavetes, Guy Bordin y August Sander. Ahora, Christer Stromholm y Anders Petersen.

Mejor consejo: No lo hagas. Hay demasiados fotógrafos. Intenta implicarte políticamente con algo que realmente importe.  Y a no ser que necesites hacer arte para seguir vivo, no lo hagas.

Momento culminante: Aprecio todo lo que va llegando y no sabía que vendrían más. Pero la retrospectiva en el Whitney, en 1996; el último libro que publiqué, The Beautiful Smile, y la exposición en el Louvre fueron momentos realmente culminantes.

Peor momento: Los últimos siete años, no he podido publicar un libro por un contrato y se me ha considerado una artista muerta.

El artículo original en inglés es de Guardian y aquí podéis ver más fotos.

A lo mejor también te interesa:

Nan Goldin habla sobre Cookie Mueller.

Nan Goldin habla sobre Cookie Mueller.

El Sida cambió mi vida. Hay una vida antes del Sida y otra después del Sida.

Estábamos en Fire Island la primera vez que escuchamos hablar del Sida, en julio de 1981. Estaba con Cookie Mueller, el amante de Cookie, Sharon, el fotógrafo David Armstrong, uno de mis más viejos y mejores amigos, y dos o tres chicos más. Cookie solía escribir una crítica artística al mes para Details Magazine. Era una de las jóvenes promesas del Lowe East Side: una poetísa, escritora de relatos cortos y actuó en las primeras películas de John Water. Era una especie de reina en la escena social del centro de la ciudad.

Cuando Cookie empezó a leer el artículo del New York Times en voz alta sobre la nueva enfermedad, David recuerda que todos nos lo tomamos a broma. Realmente no pensamos en la magnitud que tenía. No nos afectaba como “esto va a ser nuestro futuro”. Recuerdo un artículo en una revista de Nueva York, justo después de eso, que lo llamaba “el cáncer de los gays”. Nuestro primer amigo murió en el ’82, uno de los amantes de David, un modelo.

Cookie en Hawaii, NYC, 1986.

Mi arte era un diario de mi vida. Fotografiaba a la gente de mi entorno. No los veía como gente con Sida. Sobre el 85, me di cuenta de que la mayoría de la gente que me rodeaba era positivo. David Armstrong hizo una foto increíble de Kevin, su amante de entonces, justo antes de que se fuera al hospital. Yo lo fotografié cuando estaba sano. En ese punto, todavía no sabíamos mucho sobre la enfermedad. Había mucha ignorancia. Estábamos muy obsesionados con qué la provocaba: había muchos rumores, de todo, desde nitrato amílico hasta bacon. Examinaban a la gente y les decían que tenían algo llamado ARC (complejo relacionado con el Sida), pero rápidamente se volvió médicamente irrelevante. Yo rechazaba la idea de que la gente fuera a morir. Pensé que podrían superarlo. Y enconces la gente empezó a morir.

Una de las formas en las que empecé a implicarme fue a través del artista y activista Avram Finkelstein en el ’86 y ’87. Volvimos a ser amigos de nuevo, nos conocíamos desde que tenía 18 años y vivía con drag queens en Boston a principios de los setenta. Por aquel entonces, él estaba en la escuela de arte. En los ochenta, se convirtió en mi peluquero en Sassoon. Él ayudó a fundar el colectivo Silence Equals Death, que se convertiría más tarde en Act Up. Fue una de las personas que diseñó el logo Silence = Death y el triángulo.

Alrededor de 1988, el estado de Cookie había empeorado. Fue la última vez que vi a Cookie cuando todavía podía hablar. Tenía ARC y no se sentía demasiado bien. Fue al hospital. Estaba ensimismada en mis propios problemas de adicción y no había empezado a considerar a la gente con Sida como “gente con Sida” en mi interior. Seguí fotografiando a Cookie como siempre. Luego empecé un programa de desintoxicación, en parte porque no era capaz de aparecer ante mis amigos enfermos. Alguien me dijo: “¿Cómo puedes estar matándote a ti misma mientras tus amigos mueren a tu alrededor?” Y eso me hizo abrir los ojos.

Cuando fui a ver a Cookie a Provincetown, después de salir de rehabilitación, había perdido la voz. Su risa y su agudeza verbal habían sido una parte importante de su personalidad. El hecho de que no pudiera hablar, el hecho de que no pudiera andar sin un bastón, era tan devastador que llamaba a cada doctor, gritando de la impotencia que sentía. En ese momento era como una niña pensando que los médicos te ayudarían, y no creía que no hubiera nada que ellos no pudieran hacer. Fue entonces cuando la rabia se convirtió en una obsesión.

Sólo era 1989, después de que Cookie muriera y montar su portfolio -15 fotos hechas a lo largo de 13 años, con un texto sobre nuestra relación-, cuando me di cuenta de que la fotografía no podía mantener a la gente con vida. Aunque conscientemente nunca había sido mi intención hacer fotos para ayudar a humanizar el Sida, me di cuenta de que podía afectar a otros.

El mismo día que Cookie murió, se inauguraba la exposición “Witnesses; Against Our Vanishing” que comisarié en el Artist Space de Nueva York. Era la mayor exhibición hecha por la gente de la comunidad donde todos los trabajos estaban hecho por gente con Sida o por gente que había muerto de Sida. Se convirtió en una controversia nacional. El gobierno retiró la subvención para la exposición del National Endowment of Arts por el texto de David Wojnarowicz, una disertación brillante en contra de la postura adoptada por el gobierno y la iglesia católica y su silencio en torno al Sida. Fueron a la inauguración 15000 personas por indignación ante la postura del gobierno.

Después de esa exposición, vino Visual AIDS. Fuimos quienes creamos el lazo rojo, idea del artista Frank Moore. Fuimos quienes empezamos el Day With(out) Art, en 1989, y cada 1 de diciembre a partir de entonces. Así que, de hecho, fue la fotografía y el arte quienes definieron el eje principal de todo el asunto en los años 80. La mayoría de estas acciones, nació de la angustia personal y de las ganas de suscitar un cambio.

Mostré mi portfolio y texto de Cookie en 1990. Y como dije en el texto adjunto, siempre había creído que si fotografiaba a alguien lo suficiente, nunca podría perderlo. Recopilar todas sus fotos me hizo darme cuenta de todo lo que había perdido. Y, durante una larga temporada, fui incapaz de hacer fotos. Me di cuenta de lo poco que había hecho la fotografía. Me había fallado. Después de un tiempo, empecé a enseñar el portfolio de Cookie y de otros grupos de amigos íntimos que murieron en Europa y Nueva York. Tenía de alguna manera el apoyo de Act Up. Por aquel entonces, Act Up se estaba volviendo muy activa y estaba teniendo una gran repercusión. Fui a algunas reuniones y demostraciones, aunque no era un miembro activo de los que iban todas las semanas. Pero la gente del grupo me dijo que en ese momento y a lo largo de los años, yo estaba haciendo emocionalmente lo que ellos estaban haciendo políticamente. Nunca me acusaron de explotar el tema, ni de hacerlo para progresar en mi carrera. Nunca se me ocurriría usar a mis amigos de esa forma. Jamás.

En cada exposición que he hecho en la galería Matthew Marks Gallery de Nueva York en los últimos años, he vendido las copias muy baratas, 200 por unos $200 para recaudar dinero. Nunca he querido que mi trabajo se volviese elitista y caro. Siempre se vende algo muy barato para que la gente -como yo- se lo pueda permitir. Todavía soy bastante pobre a pesar de que la gente hace mucho dinero conmigo. El año pasado, recaudé $75000 para ‘The Good Doctor’ en Haiti. El año anterior, recaudé $50000 para Guy Men’s Health Crisis para alcanzar el el programa de tratamiento gratuito para drogadictos enfermos de Sida.

Una gran parte de mi trabajo es sobre el Sida. En la retrospectiva que hice en 1996 en el Whitney, había una habitación sobre el Sida. Y el catálogo de ésta, I’ll Be Your Mirror, tenía secciones de mi agente en París que también murió de Sida. Lo fotografié y fui testigo de su muerte. Gilles había enseñado el portfolio de Cookie. Él y su amante, Gotscho, creían que era importante que hiciera lo mismo con él para documentar la vida de Gilles y no se perdiera en el olvido. Yo intentaba conservar a la gente, haciendo que no desaparecieran sin dejar rastro. Y mi último trabajo, hecho al estilo de las obras renacentistas es una red llamada ‘Positive’. La mayoría de mis amigos eran positivos. Muestra a gente que era positiva, viviendo vidas positivas.

Mi fotografía , al fin y al cabo, no hizo lo suficiente. No salvó a Cookie. Pero a lo largo de los años, mis fotos, y otra fotografía sobre gente con Sida, ha ayudado. Definitivamente ha servido para dar una imagen más humana a las estadísticas. Necesitamos seguir mostrando imágenes ahí fuera. Pero no aquellas que están manipuladas digitalmente como ahora hace la mayoría. En dos años, se supone que no existirá el Cibachrome. Odio las fotografías digitales. Necesitamos realidad en vez de la mierda de creíble ficción que está tan de moda.

Por Nan Goldin.

Traducción del artículo publicado en American Suburb X

Nan Goldin. El sida cambió mi vida

El Sida cambió mi vida. Hay una vida antes del Sida y otra después del Sida.

Estábamos en Fire Island la primera vez que escuchamos hablar del Sida, en julio de 1981. Estaba con Cookie Mueller, el amante de Cookie, Sharon, el fotógrafo David Armstrong, uno de mis más viejos y mejores amigos, y dos o tres chicos más. Cookie solía escribir una crítica artística al mes para Details Magazine. Era una de las jóvenes promesas del Lowe East Side: una poetísa, escritora de relatos cortos y actuó en las primeras películas de John Water. Era una especie de reina en la escena social del centro de la ciudad.

Cuando Cookie empezó a leer el artículo del New York Times en voz alta sobre la nueva enfermedad, David recuerda que todos nos lo tomamos a broma. Realmente no pensamos en la magnitud que tenía. No nos afectaba como “esto va a ser nuestro futuro”. Recuerdo un artículo en una revista de Nueva York, justo después de eso, que lo llamaba “el cáncer de los gays”. Nuestro primer amigo murió en el ’82, uno de los amantes de David, un modelo.

Cookie en Hawaii, NYC, 1986.

Mi arte era un diario de mi vida. Fotografiaba a la gente de mi entorno. No los veía como gente con Sida. Sobre el 85, me di cuenta de que la mayoría de la gente que me rodeaba era positivo. David Armstrong hizo una foto increíble de Kevin, su amante de entonces, justo antes de que se fuera al hospital. Yo lo fotografié cuando estaba sano. En ese punto, todavía no sabíamos mucho sobre la enfermedad. Había mucha ignorancia. Estábamos muy obsesionados con qué la provocaba: había muchos rumores, de todo, desde nitrato amílico hasta bacon. Examinaban a la gente y les decían que tenían algo llamado ARC (complejo relacionado con el Sida), pero rápidamente se volvió médicamente irrelevante. Yo rechazaba la idea de que la gente fuera a morir. Pensé que podrían superarlo. Y enconces la gente empezó a morir.

Una de las formas en las que empecé a implicarme fue a través del artista y activista Avram Finkelstein en el ’86 y ’87. Volvimos a ser amigos de nuevo, nos conocíamos desde que tenía 18 años y vivía con drag queens en Boston a principios de los setenta. Por aquel entonces, él estaba en la escuela de arte. En los ochenta, se convirtió en mi peluquero en Sassoon. Él ayudó a fundar el colectivo Silence Equals Death, que se convertiría más tarde en Act Up. Fue una de las personas que diseñó el logo Silence = Death y el triángulo.

Alrededor de 1988, el estado de Cookie había empeorado. Fue la última vez que vi a Cookie cuando todavía podía hablar. Tenía ARC y no se sentía demasiado bien. Fue al hospital. Estaba ensimismada en mis propios problemas de adicción y no había empezado a considerar a la gente con Sida como “gente con Sida” en mi interior. Seguí fotografiando a Cookie como siempre. Luego empecé un programa de desintoxicación, en parte porque no era capaz de aparecer ante mis amigos enfermos. Alguien me dijo: “¿Cómo puedes estar matándote a ti misma mientras tus amigos mueren a tu alrededor?” Y eso me hizo abrir los ojos.

Cuando fui a ver a Cookie a Provincetown, después de salir de rehabilitación, había perdido la voz. Su risa y su agudeza verbal habían sido una parte importante de su personalidad. El hecho de que no pudiera hablar, el hecho de que no pudiera andar sin un bastón, era tan devastador que llamaba a cada doctor, gritando de la impotencia que sentía. En ese momento era como una niña pensando que los médicos te ayudarían, y no creía que no hubiera nada que ellos no pudieran hacer. Fue entonces cuando la rabia se convirtió en una obsesión.

Sólo era 1989, después de que Cookie muriera y montar su portfolio -15 fotos hechas a lo largo de 13 años, con un texto sobre nuestra relación-, cuando me di cuenta de que la fotografía no podía mantener a la gente con vida. Aunque conscientemente nunca había sido mi intención hacer fotos para ayudar a humanizar el Sida, me di cuenta de que podía afectar a otros.

El mismo día que Cookie murió, se inauguraba la exposición “Witnesses; Against Our Vanishing” que comisarié en el Artist Space de Nueva York. Era la mayor exhibición hecha por la gente de la comunidad donde todos los trabajos estaban hecho por gente con Sida o por gente que había muerto de Sida. Se convirtió en una controversia nacional. El gobierno retiró la subvención para la exposición del National Endowment of Arts por el texto de David Wojnarowicz, una disertación brillante en contra de la postura adoptada por el gobierno y la iglesia católica y su silencio en torno al Sida. Fueron a la inauguración 15000 personas por indignación ante la postura del gobierno.

Después de esa exposición, vino Visual AIDS. Fuimos quienes creamos el lazo rojo, idea del artista Frank Moore. Fuimos quienes empezamos el Day With(out) Art, en 1989, y cada 1 de diciembre a partir de entonces. Así que, de hecho, fue la fotografía y el arte quienes definieron el eje principal de todo el asunto en los años 80. La mayoría de estas acciones, nació de la angustia personal y de las ganas de suscitar un cambio.

Mostré mi portfolio y texto de Cookie en 1990. Y como dije en el texto adjunto, siempre había creído que si fotografiaba a alguien lo suficiente, nunca podría perderlo. Recopilar todas sus fotos me hizo darme cuenta de todo lo que había perdido. Y, durante una larga temporada, fui incapaz de hacer fotos. Me di cuenta de lo poco que había hecho la fotografía. Me había fallado. Después de un tiempo, empecé a enseñar el portfolio de Cookie y de otros grupos de amigos íntimos que murieron en Europa y Nueva York. Tenía de alguna manera el apoyo de Act Up. Por aquel entonces, Act Up se estaba volviendo muy activa y estaba teniendo una gran repercusión. Fui a algunas reuniones y demostraciones, aunque no era un miembro activo de los que iban todas las semanas. Pero la gente del grupo me dijo que en ese momento y a lo largo de los años, yo estaba haciendo emocionalmente lo que ellos estaban haciendo políticamente. Nunca me acusaron de explotar el tema, ni de hacerlo para progresar en mi carrera. Nunca se me ocurriría usar a mis amigos de esa forma. Jamás.

En cada exposición que he hecho en la galería Matthew Marks Gallery de Nueva York en los últimos años, he vendido las copias muy baratas, 200 por unos $200 para recaudar dinero. Nunca he querido que mi trabajo se volviese elitista y caro. Siempre se vende algo muy barato para que la gente -como yo- se lo pueda permitir. Todavía soy bastante pobre a pesar de que la gente hace mucho dinero conmigo. El año pasado, recaudé $75000 para ‘The Good Doctor’ en Haiti. El año anterior, recaudé $50000 para Guy Men’s Health Crisis para alcanzar el el programa de tratamiento gratuito para drogadictos enfermos de Sida.

Una gran parte de mi trabajo es sobre el Sida. En la retrospectiva que hice en 1996 en el Whitney, había una habitación sobre el Sida. Y el catálogo de ésta, I’ll Be Your Mirror, tenía secciones de mi agente en París que también murió de Sida. Lo fotografié y fui testigo de su muerte. Gilles había enseñado el portfolio de Cookie. Él y su amante, Gotscho, creían que era importante que hiciera lo mismo con él para documentar la vida de Gilles y no se perdiera en el olvido. Yo intentaba conservar a la gente, haciendo que no desaparecieran sin dejar rastro. Y mi último trabajo, hecho al estilo de las obras renacentistas es una red llamada ‘Positive’. La mayoría de mis amigos eran positivos. Muestra a gente que era positiva, viviendo vidas positivas.

Mi fotografía , al fin y al cabo, no hizo lo suficiente. No salvó a Cookie. Pero a lo largo de los años, mis fotos, y otra fotografía sobre gente con Sida, ha ayudado. Definitivamente ha servido para dar una imagen más humana a las estadísticas. Necesitamos seguir mostrando imágenes ahí fuera. Pero no aquellas que están manipuladas digitalmente como ahora hace la mayoría. En dos años, se supone que no existirá el Cibachrome. Odio las fotografías digitales. Necesitamos realidad en vez de la mierda de creíble ficción que está tan de moda.

Por Nan Goldin.

 

Traducción del artículo publicado en American Suburb X

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