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Varias miradas sobre la sape congolesa

Sape, Congo, trajes, elegancia

El sapeur Bienvenue Mouzieto posa delante de su casa en Bacongo. ©Héctor Mediavilla

Con la llegada de los franceses al Congo nació, a principios del siglo XX, el mito de la elegancia parisina entre los jóvenes congoleses que trabajaban para los colonos. Muchos consideraban al hombre blanco superior debido a su avanzada tecnología, su sofisticación y elegancia. En 1922, G. A. Matsoua se convirtió en el primer congolés que regresó de Paris vestido como un genuino señor francés, provocando un gran alboroto y una tremenda admiración entre sus compatriotas. Él fue el primer grand sapeur.

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Willy Covarie, uno de los sapeurs más admirados de Bacongo. ©Héctor Mediavilla

Estos días, se expone en El Círculo de Bellas Artes Los caballeros de Bacongo de Daniele Tamagni dentro del festival de PhotoEspaña. Se ha difundido a bombo y platillo aunque  hay trabajos anteriores sobre el mismo tema con un acercamiento y profundidad mayores hacia este fenómeno. Uno de ellos es el trabajo de Héctor Mediavilla, fotógrafo del colectivo Pandora. No quiero cuestionar la calidad del trabajo de nadie, simplemente hacer una reflexión sobre la dedicación, el esfuerzo y la posterior difusión que han tenido varios trabajos sobre el mismo tema.

El sapeur Severin, también conocido como embajador de Japón, muestra una foto de su padre en el salón de su casa. ©Héctor Mediavilla

Héctor Mediavilla comenzó La sape congolesa en 2003 y ha estado trabajando en él hasta 2010. A lo largo de estos años se ha metido en las casas de varios sapeurs y ha seguido a aquellos que han conseguido su sueño hasta París para enseñarnos sus nuevas vidas en la tierra prometida.

El sapeur Lamame mira el paisaje nevado en el tren de camino a París. A los 70 años ha conseguido realizar su sueño. ©Héctor Mediavilla

Daniele Tamagni empezó su Los caballeros de Bacongo en 2005 y estuvo dos o tres años realizando este trabajo para el que contactó directamente con Héctor Mediavilla para pedirle ayuda, contactos, etc. Su trabajo se centra en una serie de posados en las calles de Bacongo. En el folleto de la exposición, destacan de su trabajo ‘la singular combinación entre fotografía de moda y reportaje’. Realmente, no veo la mezcla de ambos géneros y, en el caso de que exista, creo que no le beneficia en absoluto, ya que no consigue ni profundidad documental ni el cuidado compositivo y lumínico de la fotografía de moda.

©Daniele Tamagni

En ese aspecto, encuentro más acertado el trabajo de Francesco Giusti, fotógrafo italiano que en 2008 pasó dos semanas en la ciudad de Pointe-Noire retratando a sapeurs. Giusti busca escenarios cercanos que  combinen con la indumentaria de los sapeurs que posan más reposados y con una iluminación mucho más cuidada. Con este trabajo, titulado Sapologie, ganó en 2009 el segundo premio de la categoría Historias de arte y entretenimiento del World Press Photo.

©Francesco Giusti

Otro trabajo interesante sobre la sape, lo está realizando Baudouin Mouanda, fotógrafo de Brazaville del colectivo Génération Elili que curiosamente no empezó a interesarse por este movimiento hasta que, en 2007, viajó a París y encontró a un grupo de sapeurs ‘dándole vidilla’ al metro. Su trabajo sigue en proceso: ‘Quiero profundizar más en la vida cotidiana de los sapeurs, tanto en Brazaville como en París. También quiero trabajar sobre los sapeurs de la República Democrática del Congo ya que hay un intenso debate entre ambos países sobre dónde nació el fenómeno’.

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©Baudouin Mouanda

Es evidente que cada fotógrafo tiene un acercamiento distinto a este tema ya de por sí llamativo y es curioso cómo algunos trabajos gozan de prestigio internacional independientemente de la dedicación que le hayan dado y de que hayan sabido presentar y transmitir un fenómeno con muchos más matices que colores. No sé si será cuestión de estar en el lugar indicado en el momento preciso, de tener labia o de saber moverse pero, en estos momentos en los que internet acorta las distancias y nos permite conocer, comparar y cuestionar, no creo que sea normal que el amiguismo o los golpes de suerte sigan moviendo los hilos de la fotografía contemporánea.

En octubre, la editorial francesa Intervalles publicará S.A.P.E. de Héctor Mediavilla en una edición trilingüe (francés, inglés y español) que espero que tenga el recibimiento que su trabajo merece.

Sapa congolesa

©Héctor Mediavilla

Fuentes: 1 y 2.

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Pie de foto de Álvaro Ybarra Zavala

Álvaro Ybarra Zavala, Congo, Noviembre de 2008. (Getty)

La situación era muy tensa, la gente estaba borracha y agresiva. Estuve con otros dos fotógrafos la mayor parte del tiempo, pero en este momento volví solo a la carretera. Vi a tres soldados fumando, jugando con sus pistolas y me sentí seguro (no sé por qué). Luego vi a un hombre saliendo de detrás de un arbusto con un cuchillo en la boca que sujetaba una mano como si fuera un trofeo. Los soldados empezaron a reír y a disparar al aire. No lo pensé y empecé a hacer fotos. El tipo vino directamente hacia mí. La gente nos rodeó celebrándolo. Pensé “no hagas nada estúpido, simplemente actúa como si fueras parte de esta disparatada fiesta”.

Cuando llegué al hotel, le enseñé la foto a otros fotógrafos. Me dijeron “¿Eres consciente de que te podrían haber matado?” Y la respuesta es: quiero mostrar la mejor y la peor cara de la humanidad. Cada vez que vas a un conflicto ves lo peor. Tenemos que ver lo que hacemos para poder enseñar a las generaciones futuras los errores que hemos cometido. El tío con el cuchillo en la boca es un ser humano como el resto de nosotros. Lo importante es que mostremos de lo que los seres humanos somos capaces. El día que deje de hacer esto con mi fotografía, abandonaré y abriré un restaurante.

La traducción es de un artículo que ha publicado Guardian con historias de varios fotógrafos de guerra. A lo largo de esta semana, iré traduciendo y colgando los que me parecen más interesantes.

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Álvaro Ybarra Zavala

Álvaro Ybarra Zavala, Congo, Noviembre de 2008. (Getty)

La situación era muy tensa, la gente estaba borracha y agresiva. Estuve con otros dos fotógrafos la mayor parte del tiempo, pero en este momento volví solo a la carretera. Vi a tres soldados fumando, jugando con sus pistolas y me sentí seguro (no sé por qué). Luego vi a un hombre saliendo de detrás de un arbusto con un cuchillo en la boca que sujetaba una mano como si fuera un trofeo. Los soldados empezaron a reír y a disparar al aire. No lo pensé y empecé a hacer fotos. El tipo vino directamente hacia mí. La gente nos rodeó celebrándolo. Pensé “no hagas nada estúpido, simplemente actúa como si fueras parte de esta disparatada fiesta”.

Cuando llegué al hotel, le enseñé la foto a otros fotógrafos. Me dijeron “¿Eres consciente de que te podrían haber matado?” Y la respuesta es: quiero mostrar la mejor y la peor cara de la humanidad. Cada vez que vas a un conflicto ves lo peor. Tenemos que ver lo que hacemos para poder enseñar a las generaciones futuras los errores que hemos cometido. El tío con el cuchillo en la boca es un ser humano como el resto de nosotros. Lo importante es que mostremos de lo que los seres humanos somos capaces. El día que deje de hacer esto con mi fotografía, abandonaré y abriré un restaurante.

La traducción es de un artículo que ha publicado Guardian con historias de varios fotógrafos de guerra. A lo largo de esta semana, iré traduciendo y colgando los que me parecen más interesantes.

Web de Álvaro Ybarra Zavala.

 

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Chris Hondros, Guerra de Liberia, 2003

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Se juegan el pellejo en cada disparo. Nos enseñan lo que no queremos ver. Tim Hetherington y Chris Hondros, dos grandes del oficio, han muerto recientemente en Libia. Destacados fotoperiodistas han seleccionado para ‘El País Semanal’ una de sus imágenes más icónicas. A partir de ellas reflexionan sobre los desastres de la guerra.

Con 17 conflictos armados en la retina y una exitosa trayectoria, la estadounidense Corinne Dufka dejó para siempre el fotoperiodismo en 1998. El 7 de agosto de ese año subió a un avión desde Nairobi (Kenia) para viajar hasta las entrañas de la segunda guerra de Congo. Al poco de iniciar el vuelo, una bomba estallaba junto a la embajada estadounidense en la capital keniana. El brutal atentado, atribuido a Al Qaeda, provocó la muerte de más de 200 personas. Miles resultaron heridas. Dufka aterrizó en Congo y al conocer la noticia hizo todo lo posible por regresar a Nairobi. Pero llegó 12 horas más tarde del suceso. Perdió la historia. No pudo mandar una sola foto a la agencia para la que trabajaba. Estaba tan frustrada que se descubrió a sí misma incapaz de manifestar sentimiento piadoso alguno hacia las víctimas de la matanza. Enfilaba una senda peligrosa. Había perdido el control. Su mirada llevaba demasiado tiempo sobreexpuesta a la sangre humana. Unos días más tarde, la roca se desmoronó. Rompió a llorar mientras veía por televisión un reportaje sobre personas que quedaron ciegas por el impacto de cristales en sus ojos a causa de la explosión. Y se dijo: “Me salgo. Punto y final”.

Jugarse el pellejo no es el único peaje que abonan quienes se dedican a retratar el horror. Hay que estar dispuesto a mirar. Y asumir las consecuencias. El alma paga un precio. Un reportero en zona de conflicto sabe lo que busca, pero nunca está preparado del todo para lo que va a presenciar. De todos los testigos de la cruda realidad belicosa, el fotógrafo -y el camarógrafo televisivo, pero esa es otra apasionante historia- es el único que no puede mirar hacia otro lado en ningún momento. Son nuestros ojos sobre el terreno. Nos enseñan lo que no queremos ver. La prueba irrefutable de los estragos de la violencia. Concentran su mirada en el pequeño visor de la cámara mientras llueven las balas. Prestan a veces más atención al encuadre que a su propia seguridad.

Gervasio Sánchez

Al miedo físico hay que añadir los fantasmas de la memoria. El cordobés Gervasio Sánchez -premio, entre otros, Nacional de Fotografía y Ortega y Gasset de Periodismo- asegura que nunca necesitó ir a un psicólogo. Ha documentado conflictos armados en medio mundo y emplea como bálsamo espiritual una simple receta: “Reencontrarme con los que un día fotografié en momentos y lugares de guerra. Saber que han sobrevivido, volver a verles y comprobar que las historias perduran más allá de las imágenes”.

Poco han cambiado las reglas de este oficio desde que André Friedmann, más conocido como Robert Capa para mayor gloria del fotoperiodismo, proclamase la archiconocida necesidad de estar cerca de las historias para poder atrapar instantáneas suficientemente buenas. A pesar de considerar a Capa el primer gran fotógrafo de guerra de la era moderna, los historiadores coinciden en catalogar como pionero en la materia al británico Roger Fenton por su cobertura de la guerra de Crimea a comienzos de 1855. Como argumentaba Susan Sontag en su ensayo Ante el dolor de los demás (Alfaguara), “desde que se inventaron las cámaras en 1839, la fotografía ha acompañado a la muerte”.

Roger Fenton, Gerra de Crimea

Muchos de los mejores del gremio detestan el apelativo “fotógrafo de guerra”. Es el caso de una vaca sagrada llamada Don McCullin (Reino Unido, 1935), hoy retirado. A Gervasio Sánchez tampoco le hace mucha gracia: “No me considero como tal por respeto a mis compañeros muertos cuando hacían periodismo puro, alejado de la basura de intereses políticos y económicos. Simplemente, vamos a lugares donde suceden grandes tragedias. No necesitamos que se nos considere especiales”. Una leyenda viva como James Nachtwey asume, en cambio, la etiqueta. Desde Afganistán explica por qué: “Cuando tomé la decisión de dedicarme a la fotografía fue para ser fotógrafo de guerra”.

Como quiera que se llamen los integrantes de esta tribu indomable, la única certeza es su permanente contacto con la muerte. Un roce demasiado intenso. Recientemente vimos correr ríos de tinta en la prensa occidental tras los fallecimientos en Libia del británico Tim Hetherington, de 40 años, y el estadounidense Chris Hondros, de 41. Fotorreporteros de reconocido prestigio, ambos han pasado a engrosar la veintena de periodistas caídos en el ejercicio de su profesión en lo que va de año, según el Committee to Protect Journalists (www.cpj.org). Nada nuevo bajo el sol. Seguirá ocurriendo mientras exista alguien dispuesto a testimoniar las contiendas y sus consecuencias. ¿Pero son capaces de provocar este tipo de imágenes algún cambio en el devenir de la humanidad? Don McCullin está convencido de lo contrario. Al teléfono desde su retiro en Somerset (Reino Unido), aclara: “Desde niño he visto este tipo de fotos, y nada ha cambiado en 60 años respecto a la guerra”. James Nachtwey prefiere, sin embargo, mostrar más optimismo: “La fotografía de guerra tiene la posibilidad no solo de documentar la historia, sino de cambiar el curso de la historia. Es una herramienta para analizar la sociedad críticamente, un elemento importante en el factor de cambio”.

Chris Hondros, Guerra de Irak, 2005

En una era de sobresaturación de imágenes, todos los protagonistas de estas páginas coinciden en destacar la supremacía del impacto visual que la fotografía mantiene respecto al vídeo. Benjamin Lowy, curtido en la guerra de Irak, asegura que “nuestra memoria no procesa vídeos, sino imágenes congeladas”. Y elige dos iconos del desastre armado para rematar su argumento: “Tenemos grabada la instantánea de la muchacha corriendo desnuda achicharrada por el napalm en Vietnam. O la foto que Chris Hondros tomó a la niña iraquí de seis años empapada en la sangre de sus padres tras ser ejecutados por soldados estadounidenses”. Aquí se plantea otro dilema: ¿hasta dónde enseñar?, ¿dónde está el límite de nuestra capacidad de mirar?

“Hay que mostrarlo todo, pero con un lenguaje más sofisticado”, propone y predica con el ejemplo el jerezano Emilio Morenatti, miembro de la agencia Associated Press. “La foto del niño rodeado de moscas… Ya estamos anestesiados al respecto. Esas imágenes ya no llegan”. Morenatti resultó herido en Afganistán por la explosión de una mina antitanque en 2009 mientras patrullaba empotrado con una unidad del Ejército estadounidense. Sufrió la amputación de la pierna izquierda por debajo de la rodilla, pero sigue considerando un privilegio poder contar la guerra, “lo peor del ser humano”. “Aunque en lugar de estar en el frente, preferiría ir a la segunda línea. Y que el tipo de foto que he elegido para este reportaje sea la prioridad: buscar una imagen más icónica de la tragedia”.

Emilio Morenatti, mujeres paquistaníes luchando por alimentos básicos. Paquistán, 2005.

El trabajo de Morenatti puede verse ahora junto al de otros destacados compatriotas en la recopilación elaborada por Rafael Moreno y Alfonso Bauluz para la editorial Turner bajo el título de Fotoperiodistas de guerra españoles. Un libro que recupera obras de pioneros como Enrique Facio y analiza la obra de los más actuales Enrique Meneses, Javier Bauluz, Santiago Lyon, Enric Martí o Sandra Balcells, además de rendir merecido homenaje a algunos de los caídos: Juantxu Rodríguez, reportero de EL PAÍS abatido en 1989 durante la invasión de Panamá; Jordi Pujol, del diario Avui, muerto en 1992, a los 25 años, en Sarajevo; y Luis Valtueña, fallecido en 1997, a los 33 años, cerca de la ciudad ruandesa de Ruhengeri.

La memoria de los muertos en acto de servicio aviva las ansias de los que quieren seguir mirando por todos nosotros a través de las cámaras. El veterano Don McCullin muestra preocupación desde su retiro por lo que considera uno de los males de este oficio en la actualidad: “Los ejércitos controlan mucho a los medios. Y por otra parte, los periódicos parecen hoy más interesados por las celebridades y el fútbol. Están vendiendo su integridad, desdibujando su naturaleza como espacio donde encontrar la auténtica verdad”. Menos apocalíptico, dispuesto a seguir retratando el horror pase lo que pase, Benjamin Lowy asegura haber aprendido algo en el frente: “Los seres humanos nunca han dejado de batallar. Siempre lo harán. Por eso es importante documentar la guerra. Para saber lo que el hombre es capaz de hacer en nombre de cosas como el dinero, por ejemplo”.

Quino Petit, El País.

Nick Ut, Guerra de Vietnam, 1972.

 

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