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Entrevista a Joao Silva

El día 26 de Febrero cumpliremos un año en wordpress, así que para celebrarlo, esta semana vamos a hacer un especial de las 5 entradas más vistas.

En el quinto puesto está el Bang Bang Club con 2.278 visitas, así que aquí tenéis una entrevista con Joao Silva. Está hecha un año antes del accidente, en 2009.  Espero que os resulte interesante.

Joao Silva por Jerome Delay. AP.

Actuando a pesar del miedo

Greg y Leonie Marinovich, amigos de Joao Silva han creado un fondo y una web, Support Joao Silva Photojournalist, para ayudar al Señor Silva y a su familia a lo largo de la rehabilitación. Han conseguido dinero con una respuesta rotunda de las donaciones y de las ventas de copias de Silva. “No sabemos si seguirá haciendo fotos pero lo que está claro es que no podrá volver a las zonas en guerra” dicen los Marinovich. “Calculamos que no podrá trabajar en unos dos años”

Joao Silva, de 44 años, es un fotógrafo de The New York Times que fue gravemente herido el sábado (23 de Octubre de 2010) cuando pisó una mina en Afganistán. Se despertó de la anestesia en us hospital alemán el lunes. Pudo hablar con su mujer y otras personas de la habitación.

La siguiente entrevista se la hizo Michael Lamber, también fotógrafo de conflictos bélicos,  el 9 de diciembre de 2009 en Bagdad. Está trabajando en un libro sobre el fotoperiodismo y la fotografía de guerra. Esta versión resumida de su conversación comienza con Joao Silva contando su experiencia.

Nací en Lisboa. Mis padres emigraron de Portugal a África cuando era muy pequeño. Vivimos en Mozambique durante unos años. Llegó la independencia y la guerra civil era inminente, así que emigraron a Sudáfrica. Crecí allí, en la clase trabajadora. No fui a la universidad  Dejé el instituto por voluntad propia. Era un chico rebelde, no me llevaba bien con la autoridad. Dicho en pocas palabras.

¿Cómo te convertiste en fotógrafo?
Me hice fotógrafo a final de los ochenta por accidente. Un amigo estudiaba diseño gráfico. Una de sus asignaturas era fotografía. Lo acompañé un día que fue a tomar fotos. En ese momento me di cuenta de que quería ser fotógrafo.

Lo supiste inmadiatamente.
Lo supe inmediatamente. Y también super que no quería hacer fotografía de moda o de arquitectura. Sabía que quería estar en el filo de la historia. Así que de ese momento en adelante, fue fácil porque Sudáfrica estaba pasando por una transición. El apartheid del gobierno estaba llegando a su fin porque había mucha actividad política -violencia política- y era un punto de partida perfecto. Ése fue mi campo de entrenamiento. Era todo muy cercano y personal.

¿Para quién empezaste a fotografiar?
Para un pequeño periódico de la comunidad. Realmente no me centraba en nada de lo que ocurría en el distrito segregado porque era sobre todo un periódico blanco para una comunidad blanca. Pero en mi tiempo libre cubría la violencia. Pronto empecé a trabajar de freelance para Reuters. Luego, entré en el periódico sudafricano más importante y tabajé con ellos unos tres años. Después entré en A.P y The Times. Empecé a trabajar de freelance para The Times en 1996. En 2000, me hicieron contrato de fotógrafo. Fue la mejor decisión que tomé nunca. No me puedo quejar.

¿Puedes hablarnos de los años con Kevin Carter y Greg Mainovich, con los que escribiste The Bang Bang Club?

Greg fue el autor principal. Simplemente, éramos un grupo de amigos que cubría lo que pasaba en el país en ese momento. Pasábamos el tiempo juntos y vivíamos juntos. Una revista decidió hacer un artículo sobre nosotros. Ellos acuñaron el término Bang Bang Club. El Bang Bang Club nunca ha existido realmente; fue producto de la imaginación de alguien. Pero el nombre permaneció. Y ya sabes, se ha convertido en realidad en los últimos años con los trágicos eventos del suicidio de Kevin, la muerte de en combate de Ken Oosterbroek y disparo que recibió Greg.

La gente tiene una idea muy equivocada sobre lo que hacemos. De hecho, mucha gente nos ve a los fotógrafos como buitres, que vivimos del sufrimiento de la gente.

Pero ése no es el caso de la mayoría. Realmente hay una necesidad de mostrar lo que está ocurriendo. A veces lo hacemos corriendo un verdadero riesgo. Si estamos en una unidad marina o naval y ellos están recibiendo disparos, nosotros estamos recibiendo disparos. Los soldados con los que vamos nos comprenden. Pero creo que el público en general tiene una idea muy distorsionada de lo que hacemos. Es verdad que a veces somos insensibles. A veces, nos vemos obligados a pisar algunos cadáveres para hacer una foto, o charcos de sangre. Pero haciendo eso, intentamos mostrar al mundo la realidad de la situación a la que nos enfrentamos. Puede que no cambies el mundo con tus imágenes –de hecho, creo que nunca he visto una imagen que haya cambiado el mundo- pero si has cambiado la opinión de alguien, creo que ya has logrado algo.

La mayoría de los fotógrafos que conozco son profesionales realmente comprometidos. No es sólo porque quieras hacer una foto genial potencialmente ganadora del Pulitzer. Esos casos son contados.

Se te ha criticado por cubrir las milicias y también por cubrir el ejército estadounidense.
Básicamente, no puedes ganar. En 2004, cuando cubrí las milicias de Najaf, yo era un “traidor”. Cuando estoy con los soldados y algo va mal,  luego recibo muchos emails de gente que dice que me estoy aprovechando de la muerte de soldados americanos. Es muy difícil mantener a todo el mundo contento. A fin de cuentas, soy fotógrafo. Soy fotorreportero. Intento enseñar la realidad del conflicto. Si puedo hacerlo desde los dos lados del conflicto, lo haré. No soy anti-ejército en absoluto, pero te criticarán hagas lo que hagas. Tengo emails como prueba. Tengo uno de hace un par de meses de un chiflado que decía: “La próxima vez que estés en una zona en guerra, espero que te maten. Y espero que no se te haga corto”.

¿Sientes que cuando nos unimos a las tropas estadounidenses, ya no somos capaces de ser objetivos y mandar fotos duras, porque confiamos en ellos nuestra propia seguridad?
Hay una razón para eso. Si no te riges por sus normas, te van a echar y nunca vas a poder unirte a ellos de nuevo. Si un militar quiere quemarte, te quemará. Tienes que atenerte a sus normas. No es lo ideal. Pero es por un motivo.

¿Hay fotos que no mandaste porque pensaste que a los militares les molestarían?
No.

¿Piensas que el mundo a través de tus fotos tiene una idea precisa de lo que es la guerra? ¿O sientes que las fotos que mandaste imprimir no transmitían realmente lo que querías mostrar?
Esa es una pregunta tendenciosa porque implica que tenemos que mostrar nuestra propia visión de la guerra. Esa nunca debe ser nuestra motivación. Nuestro papel tendría que ser el de documentar lo que vemos, hacer la mejor foto que podamos. Ése es nuestro trabajo. Los editores tienen sus propias necesidades, su propio punto de vista y sus propios requisitos sobre una historia en particular. Ellos usarán la foto que les parezca.

No vine a esta guerra –ni a ninguna- con un plan predeterminado. La última vez que me propuse un plan podría haber sido en Sudáfrica a principios de los 90, con el fin del apartheid. Intento mantenerme frío y mostrar lo que realmente está pasando. En momentos en los que puedo mostrarlo desde todos los puntos de vista –amigos, enemigos, civiles, inocentes- entonces lo hago.

Somos seres humanos y llevamos todos nuestros pensamientos con la cámara. La cámara no flota y hace sus propias fotografías. Siempre es nuestra representación. Siempre es lo que somos, lo que vemos y lo que creemos que es importante.

¿Cómo te enfrentas al miedo? ¿O el miedo no es algo de lo que tengas que preocuparte?
Buena pregunta. Creo que toda la cuestión del miedo se exagera. En algún momento u otro, todos tenemos miedo. Lo que importa es el cómo se manifiesta ese miedo. Cuando te enfrentas a una nueva situación, hay ciertas cosas desconocidas y cierta de ansiedad relacionada con ellas. Pero una vez que estás dentro, sigues adelante. A medida que sigues adelante, te enfrentas a cada nueva incógnita. Simplemente, luchas contra ello. Si llegas a un punto en el que piensas que no puedes controlarlo más, sencillamente no sigues adelante.

El miedo es algo real. Lo que importa es actuar a pesar del miedo. No creo que nadie en este trabajo no haya tenido miedo o haya sentido una cierta ansiedad sobre lo que estaba haciendo. Ni siquiera sé cómo llamarlo, pero creo que todos lo sentimos. Es normal.

Pero para ti se trata simplemente de manejarlo.
Ni siquiera me planteo tratar de manejar el miedo. Lo veo como un mecanismo. Como una herramienta. Cuando te ataca el miedo, coges de él lo que te presenta y tomas una decisión. No es malo. Si no fuese por el miedo, podrías andar directo hacia una lluvia de balas. Nadie hace eso. El miedo te previene de hacer eso. Es capaz de funcionar y tomar decisiones mientras lo sientes. Ni siquiera lo llamaría miedo. Lo llamaría incertidumbre. Es el miedo a lo desconocido.

Te montas en un Humvee, vas a una patrulla y hay un I.E.D. (artefacto explosivo) potencial. Eso es miedo. Hay miedo a la posibilidad de que pase algo. Pero lo racionalizas, sigues adelante y lo haces. Luego, si algo va mal ¿qué pasa? ¿simplemente te paralizas o te lo tragas y haces lo que tengas que hacer a pesar de él? Si eres realmente miedoso, simplemente no te dedicas a esto. Simplemente, no vienes a Irak, no vienes a Afganistán, no vas a Liberia. No vas. Si el miedo es todo lo que eres entonces quédate en casa. Así que sí, tenemos miedo. El miedo es importante.

¿Tengo miedo cuando hay despojos humanos volando a mi alrededor? ¿Corro cuando hay despojos volando a mi alrededor? Sí. ¡Corro lo más rápido que puedo! Quizás intento tomar una foto mientras corro pero aún así sigo corriendo. Mi mente no para de pensar cuando tengo miedo.

Bagdad

Es probable que hayas fotografiado más combates que cualquier persona viva. Has arriesgado tu vida probablemente mil veces.
Eso es una exageración. Como sabes, la mayoría es monotonía –con unos cuantos momentos de  una energía insana total. Luego se acaba. Y vuelves a la vida mundana. La mayoría de lo que hacemos es un aburrimiento. Tomo las oportunidades cada día. Tomo las oportunidades cada vez que vuelvo a casa y conduzco mi moto.

Cuando no estás en Irak, ¿estás en casa haciendo carreras de motos?
Ya no hago más carreras. Sigo montando en moto y sigo llevándolas a circuitos, pero no hago carreras.  He crecido desde mi último gran accidente.

¿Dice la gente que eres un yonki de la adrenalina?
La gente disfruta haciendo puenting. La gente salta de aviones. ¿Eso no es estúpido? Por lo menos, yo tengo un motivo. No hay adrenalina en pisar cadáveres para intentar mostrar la realidad de una masacre.

¿Pero piensas que la gente considera que estamos ligeramente fuera de control?
Mucha gente está agradecida por lo que hacemos. Recibo muchos mensajes de gente diciendo que mostramos un mundo que ellos no pueden ver de primera mano.

¿Es el motivo por el que lo haces?
Antes que nada, tengo una familia a la que mantener. Pero en resumidas cuentas, siento una cierta obligación como periodista de ser testigo de estas cosas y documentar lo que pueda. Creo que el mensaje es importante. No creo siempre que el mensaje. sea importante Ni creo necesariamente que el mensaje haga bien o que cambie la mente de alguien. Pero creo que es importante.

Hay más y más guerras. No se ve el final.
No habrá un final de la guerras mientras los humanos sigamos vivos. Quizás se acabe el presupuesto para mandarnos a las guerras. De hecho, con la situación económica actual, podría llegar más bien pronto.

¿Te consideras una persona valiente?
No, no especialmente. ¿Qué es valentía? No sé de nada valiente que haya hecho aparte de meterme en una situación peligrosa para hacer fotos. Hay gente que hace cosas mucho mas heroicas de lo que nunca llegaré a hacer. He sido testigo de muchos de esas acciones, así que ¿cómo iba a pensar en mí mismo en esos términos, sabiendo que lo que he hecho ha sido fotografiar a alguien siendo realmente valiente?

¿Cuántos amigos y colegas has perdido a lo largo de los años?
Ha habido mucha gente que he conocido en algún momento. Pero si hablamos de amigos cercanos, diría que tres en combate y dos suicidios.

Probablemente conozco a 10 o 12 que han muerto, pero amigos cercanos, unos dos o tres.
Todos cruzamos nuestros caminos en algún momento. Llegas a un punto en este sector en el que todos compartimos algo, un cigarrillo o un “hey, se me ha acabado la batería. ¿Me prestas una?”

Desde luego, no quiero salir herido. Evidentemente, no quiero que me maten. Y pienso en esos poderosos procesos mentales que te ayudan a decidir qué hacer y qué no. O qué lejos deberías llegar o no forzar las cosas.  Pero no tenemos control sobre el destino dentro de un Humvee, cuando una bomba estalla en el andén de la carretera. No tienes control cuando estás cubriendo un incendio y algo cae del cielo justo a tu lado. Es muy complicado.
Realmente no hay un deseo de morir. Tengo muchas cosas por las que vivir. No se trata de tener el deseo de morir. La vida está bien; la vida está muy bien. Pero he visto tanta gente que ha sido herida que no puedo excluir la posibilidad que me llegue mi turno algún día. Puede salir mi número o puede que no salga nunca. Hay fotoperiodistas que están vivos y sanos y continúan haciendo esto saliendo ilesos.

Prisioneros en Malawi

¿Crees que seguirás cubriendo combates durante el resto de tu carrera?
No lo sé. He estado haciendo esto durante mucho tiempo. Tengo dos hijos. Cuando nació mi hija, me hice la promesa de que si algo me daba mala espina, me alejaría. Me tomé unos tres meses de vacaciones cuando nació. Después me volví a Irak de nuevo. Ya sabes que en realidad es que el 90 por cierto del tiempo no estás en combate. Los momentos de locura son muy contados.

¿Hay algún truco para mantenerse a salvo?
Todo lo que te puedo decir es: pura suerte. A Ken Oosterbroek lo mataron. Podría haber sido yo. A Greg Marinovich lo han herido otras 3 veces desde entonces. En cada ocasión, yo estaba a su lado. Siempre me las he arreglado para salir ileso. He tenido mucha mucha suerte. La verdad es que no sé si hay alguna fórmula para mantenerse a salvo.

¿Alguna vez te preocupas?
Realmente no gasto ningún tipo de energía pensando en eso. Diciendo que quiero ir a casa con mis hijos. Ésa es la cuestión. El primer premio es ir a casa. Olvídate de los premios fotográficos y todo eso. El primer premio es ir a casa.
No tenemos por qué estar aquí. Podíamos estar ganando dinero trabajando en una empresa. Ganando dinero de verdad.

Nosotros hacemos bien hasta un cierto punto. Cogemos algo del sufrimiento de la gente. Tomamos imágenes geniales, nuestros jefes nos dan golpecitos en la espalda y los medios escriben sobre nosotros. Pero al final, pagamos un precio.  La cámara no es una fortaleza. Lo sientes cuando una madre llora sobre su hijo muerto. Sientes la emoción. No puedes desconectarte de todo eso. Trabajas porque eso es lo que necesitas. Pero aún así, hay consecuencias; todavía quedan restos de emoción que se construyen en tu mente y nunca desaparecen.

El proceso real de hacer fotos es muy simple. Pero el proceso intelectual es muy complejo. La razón por la que lo hacemos es compleja. No hay forma de simplificarlo. No somos máquinas. Tienes que vivir contigo mismo después de todo. Vamos a las zonas en guerra, vemos el sufrimiento de la gente. Es casi innatural. Se ha convertido en una norma aceptada en la sociedad porque registramos la historia. Pero la mayoría de la gente me dice que no podrían hacer lo que nosotros hacemos.

¿Cómo podrías soportar hacer una foto mientras alguien sufre? La gente quiere una respuesta simple y concisa.  Pero no existe una respuesta sencilla de una sola frase. Pero uno tiene que creer que está allí por una razón mayor.

Eddie Adams

De Vietnam, está clásica foto hecha por Eddie Adams del jefe de policía disparando en la cabeza a un prisionero del Viet Cong y la de Nick Ut de la niña corriendo desnuda después de un ataque de napalm. La gente dice que no ha salido ninguna foto clásica de Irak.
Hay una sobrecarga sensorial, de eso no hay duda. La razón por la que los fotógrafos no son reconocidos es porque hay muchísimos. En  Vietnam, hubo esos momentos clave porque los medios estaban limitados. En Irak, esas imágenes icónicas simplemente desaparecen porque hoy hay una imagen icónica y mañana habrá otra.

Has hecho al menos una docena de viajes a Irak, ¿por qué sigues volviendo?
Es una buena pregunta. Las cosas han cambiado mucho. Ahora es muy difícil trabajar aquí. Pero en definitiva,  ésta es la historia y es importante que haya alguien aquí para cubrirla. Siento la obligación como fotoperiodista de estar aquí. Pero para ser sincero, ya no es tan fuerte.

¿Piensas que ésta pueda ser tu última vez?
Hace un año dije que sería la última. Para ser honesto, estuve un año fuera antes de volver. Así que ya veremos.

Afganistán es importante para mí. La primera vez que fui, fue durante la primera guerra civil, que fue hace mucho tiempo. Creo que me centré más que en Irak. He alcanzado un punto de saturación, en el sentido de que en Irak cada vez es más difícil trabajar como fotoperiodista. Realmente he intentado mostrar todo lo que era capaz en el tiempo que he estado aquí. Así que si decido no volver, podré vivir con ello.

Prisioneros en Malawi

Traducción de una entrevista publicada en Lens.

Por suerte, se recupera bien del accidente y ya vuelve a andar.

Greg Marinovich habla de su amigo Joao Silva.

Traducción de un artículo que Greg Marinovich ha colgado en su blog.

Kevin Carter (derecha), Joao Silva (centro) y Gary Bernard después de la muerte de Abdul Sharif en Kathlehong el 9 de enero de 1994. Kevin y Gary se suicidaron. (Foto de Mykal Nicolau)

Joao Silva es el más valiente y con más coraje de los fotorreporteros contemporáneos. Sin excepción.

Tiene inclinación por el peligro y el riesgo pero nunca es imprudente. Y menos en las numerosas  zonas en guerra que cubre. Aunque cuando estás detrás de la rueda de un coche o subido a una moto, mientras menos hables, mejor.

Él es un humanista, con una discreta y subestimada empatía por cada persona que conoce, que fotografía o con quien cruza unas palabras. Generoso y divertido, hace fotografías que son elegíacas, elegantes e importantes documentos de vidas arriesgadas, vidas queridas y vidas perdidas.

Mi hijo Luc, de 5 años, seguido de cerca por Madeline, de 4, ha entrado mientras escribía esto. Ellos piensan que Joao es el mejor. Nota: todos los niños y animales piensan que Joao es el mejor.

Luc me ha mirado solemnemente y me ha dicho, “Siempre que te han disparado, ¿estaba Joao allí para ayudarte?”

Sí, he contestado, y sentí un chorro de lágrimas y un nudo en la garganta. Luc vino y me abrazó fuerte, “yo también estoy triste, papá” me dijo entre sollozos.

Madeline, que estaba detrás, cogió su pañuelo y dijo “le lavaré las piernas para parar la sangre. Esta tela es muy suave”.

El sábado 23, a miles de millas de mí, mi mejor amigo y hermano del alma, perdió la parte inferior de ambas piernas por culpa de una mina antipersonal mientras seguía a las tropas estadounidenses que estaban de patrulla de limpieza de minas. En medio de lo sólo un mutilado puede imaginar, Joao pidió su cámara para hacer fotos de sus heridas. Joao está ahora en Alemania, en el hospital militar de Estados Unidos y está estable.

Joao estaba en Afganistán para el New York Times, quien le ha contratado de fotógrafo durante muchos años.

Afgano disparando cerca de Charikar en 1999. Joao Silva haciendo una foto a la derecha. (Foto de Greg Marinovich)

Joao Silva, herido por una mina en Afganistan

 

Foto de Debbie Yazbek.

Silva, de 44 años, un reconocido fotógrafo, resultó alcanzado en las piernas cuando se encontraba en las proximidades de la localidad afgana de Arghandab, desde donde fue evacuado en helicóptero a la base aérea de Kandahar de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) de la OTAN.

Según el corresponsal del periódico neoyorquino Dexter Filkins, ningún soldado que participaba en la patrulla resultó herido por la explosión tras haber pasado por el lugar con el apoyo de perros adiestrados.

Los militares norteamericanos despejaban la zona de insurgentes talibanes en las últimas semanas dentro de una operación más amplia en torno a Kandahar.

El fotógrafo portugués es autor junto a Greg Marinovich, del libro “The Bang-Bang Club”, una crónica de un grupo de cuatro fotógrafos que cubren la violencia en Sudáfrica en los años noventa. Los otros dos son Kevin Carter y Ken Oosterboek.

El fotógrafo lisboeta ha cubierto además de la guerra de Afganistán, la de Irak, los Balcanes y el conflicto en Oriente Medio, lo que le ha valido numerosos reconocimientos y galardones.

El director del rotativo neoyorquino, Bill Keller, declaró al periódico que “Joao es un excepcional fotógrafo de guerra, intrépido pero prudente”. “Todos estamos esperando y rezando por su rápida recuperación”, añadió. 

Efe.

Aquí tenéis la historia de Joao Silva y el Bang Bang Club.

Bang Bang Club. Los que vieron demasiado

Otro estupendo artículo que he encontrado en Photoheer sobre el Bang Bang Club. Disfrutadlo.

Los que vieron demasiado

Mariana Enriquez

Desde la liberación de Nelson Mandela a las elecciones que lo consagraron como presidente, hubo una silenciosa y terrible guerra civil en Sudáfrica, no sólo entre negros y blancos sino también entre los partidarios de Mandela y los zulúes separatistas, financiados bajo cuerda por los paramilitares.
Los mejores corresponsales de guerra del mundo estaban ahí, pero las más vívidas imágenes las consiguieron cuatro fotógrafos sudafricanos.
Hoy, dos de ellos están muertos y los otros dos acaban de publicar un libro contando su experiencia.
Ésta es la historia de esos cuatro amigos, bautizados el Bang Bang Club por su temeridad rayana en la demencia.

Greg Marinovich en su cuarto oscuro.

Como la mayoría de los sudafricanos blancos, Greg Marinovich, un hijo de inmigrantes croatas criado en el apartheid, no comprendía demasiado bien de qué se trataba esa guerra civil que se había desatado en la comunidad negra tras la liberación de Nelson Mandela después de 27 años de prisión y ante la posibilidad de que los sudafricanos pudieran participar por primera vez en su historia de unas elecciones sin discriminación racial. Tenía 28 años, en agosto de 1990, cuando decidió abandonar la fotografía antropológica para internarse con sus cámaras en los albergues de Soweto, el ghetto negro más grande de Sudáfrica, a sólo 15 kilómetros del centro de Johannesburgo.

Los albergues eran precarios edificios que, durante el apartheid, servían para alojar a los pobladores negros de las zonas rurales. Las leyes sudafricanas sólo les permitían permanecer en zonas urbanas mientras tuvieran un empleo. Y prohibían explícitamente la presencia de mujeres. Escribe Marinovich:“El sueño del apartheid era forzar a los negros (el 80% de la población) a ser ciudadanos legales sólo en las homelands étnicas, que eran nominalmente independientes y cubrían apenas el 13% del territorio. El resto del país, las tierras ricas, podían así ser disfrutadas por la minoría blanca, que convenientemente los empleaba para trabajos cautivos”.

Los albergues eran edificios claustrofóbicos: hornos en verano, heladeras en invierno, y todo el año superpoblados. En 1990 eran, además, el mayor foco de violencia entre quienes apoyaban al Congreso Nacional Africano (CNA) de Nelson Mandela y los separatistas zulúes (Inkatha). El conflicto entre etnias (la gran mayoría de partidarios del CNA pertenecían a la comunidad Xhosa, más urbanizada que los zulúes) era histórico y real, pero lo cierto es que Inkatha recibía secretamente armas y entrenamiento militar de las fuerzas de seguridad del gobierno blanco, a cambio de colaborar con ellos en el intento de destruir al CNA. Por supuesto, había zulúes que apoyaban al CNA, de modo que también existía este conflicto interno.

Greg Marinovich

Greg Marinovich

En aquel momento, sin embargo, Marinovich ignoraba casi todo matiz acerca de esa guerra civil, y llegó a Soweto dispuesto a tomar fotos del bando de los Inkatha. Después de algunas horas dentro de un albergue, Marinovich se dio cuenta de que los zulúes con los que estaba hablando empezaban a ponerse nerviosos. En una de las habitaciones, aparentemente, se había escondido un partidario del CNA que los miembros de Inkatha obligaron a salir. “Los zulúes y yo lo corrimos, una jauría tras la presa aterrada. Después de dar unos cuantos pasos el perseguido cayó, no sé cómo o por qué, pero los atacantes lo rodearon enseguida, en un círculo apretado y silencioso, y empezaron a acuchillarlo y apalearlo. Mis oídos captaban con absoluta nitidez el suave sonido del acero penetrando en la carne, los golpes secos de los palos destrozando su cráneo… Yo era uno más en el círculo de asesinos, fotografiándolo a apenas medio metro de distancia. Estaba horrorizado, diciéndome a gritos que eso no podía estar sucediendo. Pero al mismo tiempo verificaba si la luz estaba bien, cambiaba de cámara (una cargada con rollo color, la otra en blanco y negro), era tan consciente de mi trabajo como fotógrafo como del olor a sangre y a sudor de los hombres a mi alrededor… El muerto no era un Xhosa, sino un Pondo. Y los Pondo estaban más cerca de los zulúes que de los Xhosa; de hecho, la mayoría apoyaba a Inkatha”.

Cuando Marinovich volvió al diario donde trabajaba, sus compañeros le sugirieron que llevara las fotos a Associated Press. Se las compraron. “Estaba aprendiendo rápido. Era mi oportunidad de ganarme un lugar en el mundo del periodismo. Y eso era posible gracias al salvaje asesinato de un hombre”. Su foto más famosa llegó un mes después, también en Soweto, pero en un barrio (White City) dominado por partidarios del CNA. La víctima, esta vez, fue un zulú: un chico se acercó al hombre que yacía inerte, desarmó la molotov que tenía preparada y roció al hombre con nafta. Después, le tendió su caja de fósforos a uno de los hombres que había participado del linchamiento. “Había una boletería de ladrillo que me impedía ver al hombre tirado en la calle. Cuando oí a las mujeres ululando en celebración de la victoria, corrí para ver mejor. El hombre al que creía muerto estaba corriendo hacia el campo, envuelto en llamas. Lenguas de fuego rojas, azules y amarillas quemaban su ropa y su piel. Corría de manera torpe y urgente, lo que pretendía era escapar del dolor. Levanté la cámara mientras la antorcha humana detenía su marcha y se derrumbaba. Cuando hacía foco, noté que el sol estaba justo detrás del hombre en llamas. El medidor de luz de la cámara no funcionó, así que abrí totalmente el diafragma. Apreté el obturador y después alejé la cámara de mi rostro por un segundo para enmarcar. Un hombre semidesnudo y descalzo entró en cuadro y descargó un machetazo sobre la cabeza incendiada del hombre, mientras un niño escapaba de esa visión infernal, de ese enemigo que se rehusaba a morir”. En abril de 1991, esa foto de Marinovich, que se llamó Antorcha Humana, ganó el Pulitzer. Fue el primer Pulitzer que se le otorgó a un sudafricano.

Greg Marinovich Antorcha humana

Greg Marinovich, Antorcha humana, Premio Pulitzer, 1991.

El Bang Bang Club

La crónica de estas dos fotos de Marinovich abarcan enteramente los primeros capítulos de The Bang Bang Club: Snapshots from a Hidden War, el libro que el fotógrafo sudafricano acaba de editar en el sello Random House, escrito en colaboración con su compañero y compatriota Joao Silva.

El Bang Bang Club era un grupo de cuatro fotógrafos sudafricanos integrado por Marinovich y Silva junto a Kevin Carter y Ken Oosterbroek. Compañeros de trabajo desde 1991, para cuando Mandela ganó las elecciones tres años después, dos de ellos (Carter y Oosterbroek) estaban muertos. Según dice el Arzobispo y Premio Nobel de la Paz Desmond Tutu en el prólogo del libro, esos cuatro fotógrafos fueron los que ayudaron a contar la historia: “Nos maravillaban con su trabajo ¿Cómo hacían para capturar esas imágenes en el frenesí de la matanza? Debían tener un coraje extraordinario para trabajar en los campos de la muerte tan imperturbablemente y con tanto profesionalismo. Y debían ser bastante fríos para enfrentar ese horror como parte de su trabajo. Ahora que han roto el silencio sabemos cómo operaron en equipo, cuán frecuentemente debieron ser insensibles, al punto de pisotear cadáveres sin mostrar emoción, para capturar esa imagen que les demandaban las agencias. Ahora sabemos un poco el costo de ese constante contacto con la muerte que ellos llamaron, con humor macabro, el Bang Bang Club. Los sudafricanos les debemos muchísimo por su contribución en este frágil proceso de transición de la represión a la democracia, de la injusticia a la libertad”.

Marinovich y Silva, los sobrevivientes del grupo, empezaron a escribir una crónica de aquellos tiempos durante la transición sudafricana, en 1997. Confiesa Silva: “No queríamos ni hablar sobre esa época. Y cuando nos decidimos a hacerlo, fue un viaje de descubrimiento. Las preguntas sobre nuestros actos eran muy complejas, más allá de cuánto los hubiéramos racionalizado. Aún hoy no podemos liberar del todo la rabia y la amargura que nos invade cuando recordamos. Es parte de nosotros, de nuestro país. Lo que descubrimos que nos unía como grupo era que cuestionábamos la moralidad de nuestro trabajo, que había momentos y lugares en los cuales había que bajar la cámara y dejar de ser fotógrafos”.

Bang Bang Club

Mykal Nicolau. De izquierda a derecha Gary Bernard, Joao Silva y Kevin Carter, después de la muerte del fotógrafo Abdul Shariff en Katlehong, Sudáfrica. Enero de 1994.

La amistad entre los miembros del Bang Bang Club empezó en los años ‘80. Greg Marinovich conoció a Kevin Carter, el más inestable de los cuatro, a través de su hermano, un periodista deportivo. Carter era jefe de fotografía (duraría poco en el puesto) del periódico anti-apartheid Weekly Mail. A principios de los ‘90, Marinovich y Carter empezaron a recorrer los barrios negros juntos. Carter era amigo íntimo de Ken Oosterbroek, jefe de fotografía de The Star, dos veces elegido Fotógrafo Sudafricano del Año, y el más arrogante y atractivo del grupo. Marinovich lo admiraba,y le gustaba trabajar con él. El club se completó cuando Joao Silva entró a trabajar en The Star, a instancias de Ooesterbroek. “Había amistades individuales entre los cuatro, y a la vez un lazo común. Nuestras novias y esposas se hicieron amigas, y nos juntábamos siempre a cenar o discutir las fotos cuando uno de nosotros había logrado algo bueno”, escribe Marinovich. “Cuando había mucha violencia, formábamos una patrulla de madrugada: nos levantábamos antes de las primeras luces para recorrer juntos los barrios, cosa de no estar tan desamparados si sonaba la alarma. El amanecer era la transición entre el caos de la noche y el supuesto orden del día, el momento en que la policía se llevaba los cadáveres. A veces, cuando escuchaba el despertador, buscaba cualquier excusa para quedarme en la cama. Pero saber que los otros me estaban esperando en alguna parte terminaba obligándome a levantarme”. El amanecer también era la hora en que los trabajadores subían a los trenes: el momento en que había más gente en las calles, y el momento más propicio para la violencia.

Para 1994 el Bang Bang Club ya era un grupo absolutamente unido: “Les habíamos cerrado la puerta a todos los fotógrafos que se nos querían unir. Sí; éramos arrogantes, elitistas y muy competitivos. Era un poco ridículo, pero la verdad es que habíamos pasado años aprendiendo cómo conseguir buenas fotos en circunstancias tan difíciles, y no queríamos ayudar a ningún advenedizo, fuera local o extranjero, que pretendiera hacer lo suyo en un par de semanas y después irse”. El Bang Bang Club fotografió casi todo, incluso la agonía de uno de sus integrantes, cuando Ken Oosterbroek fue asesinado por una bala perdida en Thokoza, en 1994. Pero nunca pudieron documentar el accionar de la “tercera fuerza”: los parapolicías y paramilitares blancos que asesinaban en los barrios negros. Estaba claro que esto sucedía: las denuncias se multiplicaban, así como las historias de hombres blancos con el rostro y la piel de los brazos pintados de negro para camuflarse. Pero el Bang Bang Club no logró una sola foto que documentara el terrorismo de estado.

Las responsabilidades de la policía blanca se conocerían mucho después, en el Informe de la Comisión por la Verdad y la Reconciliación, durante el gobierno de Mandela.

El buitre y la niña

Kevin Carter Bang bang club

Kevin Carter

Kevin Carter había nacido en una familia cristiana de clase media. “En casa no éramos racistas, sino supuestos liberales. Fui criado para amar a mis semejantes, pero ahora cuestiono a la generación de mis padres por no haber hecho nada contra el apartheid”. Cuando terminó la secundaria, Carter entró en el ejército. Pronto se dio cuenta que había sido un error: en 1980, trató de defender a un mozo negro que sus compañeros soldados insultaban. Lo golpearon tanto que terminó en un hospital. Cuando lo dieron de alta desertó e intentó empezar otra vida como disc-jockey en Durban, con nombre falso. Cuando descubrieron su verdadera identidad, intentó suicidarse por primera vez, con veneno para ratas. No lo consiguió, y aceptó terminar el servicio militar, con las penalizaciones correspondientes, para evitar más problemas. Cuando estuvo libre, empezó a trabajar como fotógrafo. A esa altura, ya era adicto a la Pipa Blanca: una combinación de Mandrax (de venta ilegal en Sudáfrica) y dagga (marihuana), que se fuma usando el pico de una botella rota.

En 1993, cuando trabajaba para el Weekly Mail, Carter sintió que su carrera como fotógrafo estaba en un punto muerto, y decidió financiarse él mismo un viaje a Sudán. Lo acompañó su amigo Joao Silva. Querían trabajar en lo que los voluntarios llamaban “El Triángulo de la Hambruna”, en el sur de Sudán, donde el gobierno islámico estaba en guerra con las tribus Nuer y Dinka. Llegaron en un avión de las Naciones Unidas cargado de comida. “Los pobladores hambrientos rodearon el avión, salvo aquellos demasiado débiles para caminar, que esperaban sentados alrededor de un improvisado comedor”. Los dos vieron fotos por todas partes, así que se separaron por el campamento. Un rato después, Carter se acercó a Silva, excitado, restregándose los ojos, pero no llorando, y le dijo: “Le estaba sacando fotos a una nena arrodillada, que apoyaba la cabeza contra el suelo, y de repente un buitre gigante se posó detrás de ella. Seguí disparando, y recién después espanté al buitre”. Cuando trató de mostrarle el lugar, no se veía el buitre por ninguna parte, pero la nena seguía ahí, vencida por el hambre. Ninguno de los dos la ayudó a llegar al comedor, que estaba apenas a cien metros, cuenta Silva en el libro.

Kevin Carter

Kevin Carter, Premio Pulitzer 1994.

Carter vendió la foto al New York Times, y ésta se convirtió en un símbolo de la hambruna, usada en infinidad de posters y campañas. Cuando se publicó en el diario neoyorquino, llegaron a la redacción miles de cartas preguntando qué había sucedido con la niña, qué había hecho el fotógrafo. Carter tuvo que confesar que no había hecho nada. Suponía, dijo, que se había levantado por las suyas y llegado al comedor. El 12 de abril de 1994, la foto ganó el Premio Pulitzer, el segundo de Sudáfrica. Cuando llamaron a Carter desde el diario para anunciarle que había obtenido el premio, el fotógrafo no entendió qué le estaban diciendo: llevaba dos días fumando Pipa Blanca sin parar, y no quiso ni atender a la ansiosa prensa extranjera. Marinovich cree que los cuestionamientos lo estaban enloqueciendo. “Es la foto más importante de mi carrera, pero no estoy orgulloso de ella”, decía Carter. “No quiero ni verla. La odio”. Su compañero no se atreve a juzgarlo en las páginas del libro. “Cuando Joao y yo estuvimos en Somalia en 1992, en medio de la hambruna, ninguno de los dos recogió a un solo chico enfermo o agonizante, aunque vimos cientos. Los mirábamos morir y sacábamos fotos. Yo me sentí impotente cuando fotografié a un hombre cuyo último hijo se le estaba muriendo en sus brazos. Eran buenas fotos; la tragedia y la violencia son imágenes poderosas; por eso las pagan así. Algo de la emoción, de la empatía y la vulnerabilidad que nos hacen humanos se pierde cada vez que apretamos el disparador”.

Ken O

Ken Oosterbroek

En la primera mitad de los ‘90, Thokoza era el barrio negro más peligroso de Sudáfrica, a sólo 16 kilómetros al sudeste de Johannesburgo. Los muertos durante los enfrentamientos eran tantos que la policía dejaba los cuerpos tirados en las calles durante gran parte del día, supuestamente porque no daban abasto. Había jaurías de perros callejeros que se alimentaban de cadáveres. El 18 de abril de 1994, el Bang Bang Club (salvo Kevin Carter, que supuestamente estaba dando entrevistas por su Pulitzer) entró a Thokoza. Querían cubrir la batalla entre los partidarios del CNA e Inkhata. Iba a ser atroz: faltaba muy poco para las elecciones. Esta vez estaban los peace-keepers, un cuerpo policial transitorio integrado por miembros de la policía sudafricana, miembros del ejército de las homelands y guerrillas de los movimientos de liberación, que tenía como fin controlar la violencia, sin ninguna eficiencia.

En primer pano Greg Marinovich herido es ayudado por James Natchwey. Detrás Joao Silva fotografía a Ken Oosterbroek gravemente herido. 18 de abril de 1994.

En primer pano Greg Marinovich herido es ayudado por James Natchwey. Detrás Joao Silva fotografía a Ken Oosterbroek gravemente herido. 18 de abril de 1994.

La incapacidad de la policía había irritado a Oosterbroek, que a esa altura era el único miembro del Bang Bang Club que se había hecho famoso (se lo conocía simplemente como Ken O) y amenazaba convertirse en una leyenda viviente, no sólo por su prestigio como jefe de fotografía del diario de mayor tirada de Johannesburgo, sino por su itinerario vital (el nacido en una familia conservadora y racista que se dedicaba a documentar la violencia) y por su cuidada imagen de sex-symbol motociclista: pelo largo, bigotes, un perenne cigarrillo de marihuana entre los labios, música de los Doors y Bob Marley siempre a su alrededor y su extraña relación con Mónica, una periodista del Star que amenazaba con matarlo si la abandonaba. Al atardecer, después de una discusión de Ken O con los policías, el Bang Bang Club se protegió precariamente de un tiroteo. No fue suficiente: las balas policiales hirieron a Greg Marinovich, que estuvo a punto de perder un pulmón, y Ken O agonizaba en brazos de Gary Bernard, un fotógrafo novato del Star, mientras Joao Silva los fotografiaba.

Escribe Marinovich: “No podía hacer otra cosa. A Ken le hubiera gustado ver las fotos al otro día. De hecho, Joao pensó que Ken, siempre tan preocupado por su imagen, hubiera preferido fotos donde el pelo no le tapara la cara. A fin de cuentas, Ken era el profesional consumado, el que le había enseñado que primero se sacaban las fotos y después se lidiaba con los demás”.

Un oficial de Peacekeeping ayuda al fotógrafo Gary Bernard a asistir a Ken Oosterbroek, herido mortalemte. Foto tomada por Joao Silva.

Ken O murió camino al hospital. Esa misma noche, Joao Silva en un bar, borracho, destrozó varias cámaras y pensó en dejar la fotografía, mientras Kevin Carter gritaba a quien quisiera oírlo que esa bala debería haberla recibido él, no su amigo íntimo. Sin embargo, al día siguiente, Silva y Carter volvieron a Thokoza, y fotografiaron el estallido de violencia más grande de toda la guerra civil, y el último de esa magnitud. Mikey Persson, un fotógrafo inglés que solía acompañarlos, dejó la profesión ese mismo día. Hoy vive en California, dedicado a sacar fotos publicitarias de Harley Davidsons y tatuajes: “Dice que a veces extraña la adrenalina de la guerra, pero cuando le sucede eso, recuerda lo que pasó en Thokoza, y la excitación se desvanece al instante”. Dos días después de Thokoza, Inkhata anunció que participaría en las elecciones, y aceptó un alto el fuego. Ante la decisión, Nelson Mandela dio un discurso, en el que dijo: “Esperemos que Ken Oosterbroek haya sido la última víctima”. Hoy, en Thokoza, en el mismo sitio donde cayó bajo las balas, hay un monumento que lo recuerda.

La vida demasiado dura

Kevin Carter fue aclamado como un héroe en Nueva York cuando fue a recibir su Pulitzer. Todo el mundo quería conocer al hombre que había tomado esa foto atroz, y se sorprendían al descubrir un joven simpático, con su tatuaje del mapa de África en el brazo y la mirada algo perdida. Reuter lo había despedido después que terminara chocando contra un árbol y arrestado por manejar borracho cuando debía ir a sacar fotos de un mitin donde hablaría Mandela. Ahora, sin embargo, todo el mundo quería contratarlo. Carter terminó firmando para la agencia francesa Sygma. Pero no sólo no conseguía otra foto tan sobrecogedora como la de la niña y el buitre, apenas era capaz de hacer fotos. “Perdí la paciencia con él en esa época”, escribe Marinovich. “Teníamos que manejar tantos problemas, y Kevin sólo complicaba los asuntos más sencillos inventando un drama tras otro”. En julio de 1994, Sygma le pidió que cubriera la visita de Mandela a Mozambique. Carter no pudo despertarse a tiempo, a pesar de que había programado tres relojes. Milagrosamente consiguió un vuelo, y pudo tomar las fotos. Cuando regresó a Sudáfrica, fue a cenar a casa de un amigo y se dio cuenta de que había olvidado los rollos en el avión. Frenético, volvió al aeropuerto, pero nunca pudieron encontrar el material. Hasta el día de hoy, esas fotos están perdidas.

Pocos días después, el 27 de julio, Kevin Carter entró a su camioneta, conectó el caño de escape a una manguera, cuyo otro extremo echaba los vapores dentro de la cabina herméticamente cerrada y se calzó su walkman. Su nota suicida, de más de ocho páginas, decía: “Estoy deprimido, sin teléfono, sin dinero… atrapado por imágenes de asesinatos y cadáveres, furia y dolor, niños heridos o muriéndose de hambre, hombres que aprietan el gatillo con alegría, policías y ejecutores… Voy a reunirme con Ken, si tengo suerte”. Escribe Marinovich: “Convertimos a Ken en un héroe, pero fuimos mucho más ambivalentes con la muerte de Kevin. Yo seguí enojado con él durante mucho tiempo. Aceptamos hablar con los periodistas que escribieron artículos sobre la tragedia de Kevin Carter, pero con reticencia. Después vino aquel tema que escribieron los Manic Street Preachers sobre Kevin, en el disco en el que estaba Everything Must Go, que vendió millones de copias. Y después vino aquella obra de teatro basada en su vida. Y terminó imponiéndose la teoría de El Hombre Que Había Visto Demasiado. Pero hay una parte mía que sigue viendo la muerte de Kevin de la misma manera que la vieron los jóvenes luchadores de Thokoza. Un día, volvimos con Joao a la calle Khumalo, muy cerca de donde había muerto Ken O, y nos encontramos con un grupo de camaradas que nos recordaban. Sus casas estaban inhabitables, incendiadas, pero ellos seguían ahí, porque no tenían dónde ir. Uno de ellos se había enterado del suicidio de Kevin, y me dijo burlonamente: ¿La vida era demasiado dura para él? No supe qué contestarle”.

Kevin Carter Funeral

Juda Ngwenya, Greg Marinovich, a la izquieda, Gary Bernard y Joao Silva llevando el ataúd de Kevin Carter en su funeral. 1 de agosto de 1994.

El fin del club

“Nos sentíamos culpables. Nos sentíamos buitres. Habíamos pisoteado cadáveres, metafórica y literalmente, para ganarnos la vida. Pero no habíamos matado a esa gente. De hecho, salvamos vidas. Y, a lo mejor, nuestras fotos marcaron una diferencia, mostrándole al mundo la lucha de la gente por sobrevivir, algo que de otro modo no hubieran conocido, o no tan nítidamente. Hubo momentos, como en Soweto, donde fui culpable por no intervenir. Pero yo no tenía la culpa por los miles de hutus muriendo de cólera en el este del Zaire, ni por la policía abriendo fuego sobre civiles desarmados en Boipatong. El sentimiento de culpa quizá tenía que ver con nuestra incapacidad de ayudar. Manejar la culpa es fácil. Superar la incapacidad de ayudar es mucho más difícil, casi imposible. Hoy puedo decir que no sufrimos ni la centésima parte de lo que sufrió la gente de nuestras fotografías. Hoy puedo decir que no éramos responsables: solamente testigos”.

A fines de 1994, meses después de la muerte de Kevin Carter, Joao Silva descubrió que algo en él había cambiado. Estaba en Afganistán, en la ciudad de Kabul, bajo fuego de tanques soviéticos. Durante un bombardeo, vio emerger de la polvareda a un hombre que llevaba a su hijo moribundo en brazos y pedía ayuda. Silva los cargó en su auto y los llevó al hospital, donde el niño murió. “Hubiera tardado un segundo en sacarles la foto, pero no lo hice. En otro momento, hubiera fotografiado primero y quizá, sólo quizá, habría tratado de salvar al niño después. Nunca me había sucedido antes: de alguna manera, que ese chico muriera delante de mí hacía que todo lo demás pareciera insignificante”.

Si tenéis ganas, aquí tenéis un documental sobre el tema (en inglés) y aquí podéis encontrar otro artículo interesante sobre la muerte de Kevin Carter.

Bang Bang Club.

Otro estupendo artículo que he encontrado en Photoheer sobre el Bang Bang Club. Disfrutadlo.

LOS QUE VIERON DEMASIADO

por: Mariana Enriquez

Desde la liberación de Nelson Mandela a las elecciones que lo consagraron como presidente, hubo una silenciosa y terrible guerra civil en Sudáfrica, no sólo entre negros y blancos sino también entre los partidarios de Mandela y los zulúes separatistas, financiados bajo cuerda por los paramilitares.
Los mejores corresponsales de guerra del mundo estaban ahí, pero las más vívidas imágenes las consiguieron cuatro fotógrafos sudafricanos.
Hoy, dos de ellos están muertos y los otros dos acaban de publicar un libro contando su experiencia.
Ésta es la historia de esos cuatro amigos, bautizados el Bang Bang Club por su temeridad rayana en la demencia.

Greg Marinovich en su cuarto oscuro.

Como la mayoría de los sudafricanos blancos, Greg Marinovich, un hijo de inmigrantes croatas criado en el apartheid, no comprendía demasiado bien de qué se trataba esa guerra civil que se había desatado en la comunidad negra tras la liberación de Nelson Mandela después de 27 años de prisión y ante la posibilidad de que los sudafricanos pudieran participar por primera vez en su historia de unas elecciones sin discriminación racial. Tenía 28 años, en agosto de 1990, cuando decidió abandonar la fotografía antropológica para internarse con sus cámaras en los albergues de Soweto, el ghetto negro más grande de Sudáfrica, a sólo 15 kilómetros del centro de Johannesburgo.

Los albergues eran precarios edificios que, durante el apartheid, servían para alojar a los pobladores negros de las zonas rurales. Las leyes sudafricanas sólo les permitían permanecer en zonas urbanas mientras tuvieran un empleo. Y prohibían explícitamente la presencia de mujeres. Escribe Marinovich:“El sueño del apartheid era forzar a los negros (el 80% de la población) a ser ciudadanos legales sólo en las homelands étnicas, que eran nominalmente independientes y cubrían apenas el 13% del territorio. El resto del país, las tierras ricas, podían así ser disfrutadas por la minoría blanca, que convenientemente los empleaba para trabajos cautivos”.

Los albergues eran edificios claustrofóbicos: hornos en verano, heladeras en invierno, y todo el año superpoblados. En 1990 eran, además, el mayor foco de violencia entre quienes apoyaban al Congreso Nacional Africano (CNA) de Nelson Mandela y los separatistas zulúes (Inkatha). El conflicto entre etnias (la gran mayoría de partidarios del CNA pertenecían a la comunidad Xhosa, más urbanizada que los zulúes) era histórico y real, pero lo cierto es que Inkatha recibía secretamente armas y entrenamiento militar de las fuerzas de seguridad del gobierno blanco, a cambio de colaborar con ellos en el intento de destruir al CNA. Por supuesto, había zulúes que apoyaban al CNA, de modo que también existía este conflicto interno.

En aquel momento, sin embargo, Marinovich ignoraba casi todo matiz acerca de esa guerra civil, y llegó a Soweto dispuesto a tomar fotos del bando de los Inkatha. Después de algunas horas dentro de un albergue, Marinovich se dio cuenta de que los zulúes con los que estaba hablando empezaban a ponerse nerviosos. En una de las habitaciones, aparentemente, se había escondido un partidario del CNA que los miembros de Inkatha obligaron a salir. “Los zulúes y yo lo corrimos, una jauría tras la presa aterrada. Después de dar unos cuantos pasos el perseguido cayó, no sé cómo o por qué, pero los atacantes lo rodearon enseguida, en un círculo apretado y silencioso, y empezaron a acuchillarlo y apalearlo. Mis oídos captaban con absoluta nitidez el suave sonido del acero penetrando en la carne, los golpes secos de los palos destrozando su cráneo… Yo era uno más en el círculo de asesinos, fotografiándolo a apenas medio metro de distancia. Estaba horrorizado, diciéndome a gritos que eso no podía estar sucediendo. Pero al mismo tiempo verificaba si la luz estaba bien, cambiaba de cámara (una cargada con rollo color, la otra en blanco y negro), era tan consciente de mi trabajo como fotógrafo como del olor a sangre y a sudor de los hombres a mi alrededor… El muerto no era un Xhosa, sino un Pondo. Y los Pondo estaban más cerca de los zulúes que de los Xhosa; de hecho, la mayoría apoyaba a Inkatha”.

Antorcha humana, Premio Pulitzer, 1991.

Cuando Marinovich volvió al diario donde trabajaba, sus compañeros le sugirieron que llevara las fotos a Associated Press. Se las compraron. “Estaba aprendiendo rápido. Era mi oportunidad de ganarme un lugar en el mundo del periodismo. Y eso era posible gracias al salvaje asesinato de un hombre”. Su foto más famosa llegó un mes después, también en Soweto, pero en un barrio (White City) dominado por partidarios del CNA. La víctima, esta vez, fue un zulú: un chico se acercó al hombre que yacía inerte, desarmó la molotov que tenía preparada y roció al hombre con nafta. Después, le tendió su caja de fósforos a uno de los hombres que había participado del linchamiento. “Había una boletería de ladrillo que me impedía ver al hombre tirado en la calle. Cuando oí a las mujeres ululando en celebración de la victoria, corrí para ver mejor. El hombre al que creía muerto estaba corriendo hacia el campo, envuelto en llamas. Lenguas de fuego rojas, azules y amarillas quemaban su ropa y su piel. Corría de manera torpe y urgente, lo que pretendía era escapar del dolor. Levanté la cámara mientras la antorcha humana detenía su marcha y se derrumbaba. Cuando hacía foco, noté que el sol estaba justo detrás del hombre en llamas. El medidor de luz de la cámara no funcionó, así que abrí totalmente el diafragma. Apreté el obturador y después alejé la cámara de mi rostro por un segundo para enmarcar. Un hombre semidesnudo y descalzo entró en cuadro y descargó un machetazo sobre la cabeza incendiada del hombre, mientras un niño escapaba de esa visión infernal, de ese enemigo que se rehusaba a morir”. En abril de 1991, esa foto de Marinovich, que se llamó Antorcha Humana, ganó el Pulitzer. Fue el primer Pulitzer que se le otorgó a un sudafricano.

El Bang Bang Club

La crónica de estas dos fotos de Marinovich abarcan enteramente los primeros capítulos de The Bang Bang Club: Snapshots from a Hidden War, el libro que el fotógrafo sudafricano acaba de editar en el sello Random House, escrito en colaboración con su compañero y compatriota Joao Silva.

El Bang Bang Club era un grupo de cuatro fotógrafos sudafricanos integrado por Marinovich y Silva junto a Kevin Carter y Ken Oosterbroek. Compañeros de trabajo desde 1991, para cuando Mandela ganó las elecciones tres años después, dos de ellos (Carter y Oosterbroek) estaban muertos. Según dice el Arzobispo y Premio Nobel de la Paz Desmond Tutu en el prólogo del libro, esos cuatro fotógrafos fueron los que ayudaron a contar la historia: “Nos maravillaban con su trabajo ¿Cómo hacían para capturar esas imágenes en el frenesí de la matanza? Debían tener un coraje extraordinario para trabajar en los campos de la muerte tan imperturbablemente y con tanto profesionalismo. Y debían ser bastante fríos para enfrentar ese horror como parte de su trabajo. Ahora que han roto el silencio sabemos cómo operaron en equipo, cuán frecuentemente debieron ser insensibles, al punto de pisotear cadáveres sin mostrar emoción, para capturar esa imagen que les demandaban las agencias. Ahora sabemos un poco el costo de ese constante contacto con la muerte que ellos llamaron, con humor macabro, el Bang Bang Club. Los sudafricanos les debemos muchísimo por su contribución en este frágil proceso de transición de la represión a la democracia, de la injusticia a la libertad”.
Marinovich y Silva, los sobrevivientes del grupo, empezaron a escribir una crónica de aquellos tiempos durante la transición sudafricana, en 1997. Confiesa Silva: “No queríamos ni hablar sobre esa época. Y cuando nos decidimos a hacerlo, fue un viaje de descubrimiento. Las preguntas sobre nuestros actos eran muy complejas, más allá de cuánto los hubiéramos racionalizado. Aún hoy no podemos liberar del todo la rabia y la amargura que nos invade cuando recordamos. Es parte de nosotros, de nuestro país. Lo que descubrimos que nos unía como grupo era que cuestionábamos la moralidad de nuestro trabajo, que había momentos y lugares en los cuales había que bajar la cámara y dejar de ser fotógrafos”.

La amistad entre los miembros del Bang Bang Club empezó en los años ‘80. Greg Marinovich conoció a Kevin Carter, el más inestable de los cuatro, a través de su hermano, un periodista deportivo. Carter era jefe de fotografía (duraría poco en el puesto) del periódico anti-apartheid Weekly Mail. A principios de los ‘90, Marinovich y Carter empezaron a recorrer los barrios negros juntos. Carter era amigo íntimo de Ken Oosterbroek, jefe de fotografía de The Star, dos veces elegido Fotógrafo Sudafricano del Año, y el más arrogante y atractivo del grupo. Marinovich lo admiraba,y le gustaba trabajar con él. El club se completó cuando Joao Silva entró a trabajar en The Star, a instancias de Ooesterbroek. “Había amistades individuales entre los cuatro, y a la vez un lazo común. Nuestras novias y esposas se hicieron amigas, y nos juntábamos siempre a cenar o discutir las fotos cuando uno de nosotros había logrado algo bueno”, escribe Marinovich. “Cuando había mucha violencia, formábamos una patrulla de madrugada: nos levantábamos antes de las primeras luces para recorrer juntos los barrios, cosa de no estar tan desamparados si sonaba la alarma. El amanecer era la transición entre el caos de la noche y el supuesto orden del día, el momento en que la policía se llevaba los cadáveres. A veces, cuando escuchaba el despertador, buscaba cualquier excusa para quedarme en la cama. Pero saber que los otros me estaban esperando en alguna parte terminaba obligándome a levantarme”. El amanecer también era la hora en que los trabajadores subían a los trenes: el momento en que había más gente en las calles, y el momento más propicio para la violencia.

Para 1994 el Bang Bang Club ya era un grupo absolutamente unido: “Les habíamos cerrado la puerta a todos los fotógrafos que se nos querían unir. Sí; éramos arrogantes, elitistas y muy competitivos. Era un poco ridículo, pero la verdad es que habíamos pasado años aprendiendo cómo conseguir buenas fotos en circunstancias tan difíciles, y no queríamos ayudar a ningún advenedizo, fuera local o extranjero, que pretendiera hacer lo suyo en un par de semanas y después irse”. El Bang Bang Club fotografió casi todo, incluso la agonía de uno de sus integrantes, cuando Ken Oosterbroek fue asesinado por una bala perdida en Thokoza, en 1994. Pero nunca pudieron documentar el accionar de la “tercera fuerza”: los parapolicías y paramilitares blancos que asesinaban en los barrios negros. Estaba claro que esto sucedía: las denuncias se multiplicaban, así como las historias de hombres blancos con el rostro y la piel de los brazos pintados de negro para camuflarse. Pero el Bang Bang Club no logró una sola foto que documentara el terrorismo de estado.

Las responsabilidades de la policía blanca se conocerían mucho después, en el Informe de la Comisión por la Verdad y la Reconciliación, durante el gobierno de Mandela.

El buitre y la niña

Kevin Carter

Kevin Carter había nacido en una familia cristiana de clase media. “En casa no éramos racistas, sino supuestos liberales. Fui criado para amar a mis semejantes, pero ahora cuestiono a la generación de mis padres por no haber hecho nada contra el apartheid”. Cuando terminó la secundaria, Carter entró en el ejército. Pronto se dio cuenta que había sido un error: en 1980, trató de defender a un mozo negro que sus compañeros soldados insultaban. Lo golpearon tanto que terminó en un hospital. Cuando lo dieron de alta desertó e intentó empezar otra vida como disc-jockey en Durban, con nombre falso. Cuando descubrieron su verdadera identidad, intentó suicidarse por primera vez, con veneno para ratas. No lo consiguió, y aceptó terminar el servicio militar, con las penalizaciones correspondientes, para evitar más problemas. Cuando estuvo libre, empezó a trabajar como fotógrafo. A esa altura, ya era adicto a la Pipa Blanca: una combinación de Mandrax (de venta ilegal en Sudáfrica) y dagga (marihuana), que se fuma usando el pico de una botella rota.

En 1993, cuando trabajaba para el Weekly Mail, Carter sintió que su carrera como fotógrafo estaba en un punto muerto, y decidió financiarse él mismo un viaje a Sudán. Lo acompañó su amigo Joao Silva. Querían trabajar en lo que los voluntarios llamaban “El Triángulo de la Hambruna”, en el sur de Sudán, donde el gobierno islámico estaba en guerra con las tribus Nuer y Dinka. Llegaron en un avión de las Naciones Unidas cargado de comida. “Los pobladores hambrientos rodearon el avión, salvo aquellos demasiado débiles para caminar, que esperaban sentados alrededor de un improvisado comedor”. Los dos vieron fotos por todas partes, así que se separaron por el campamento. Un rato después, Carter se acercó a Silva, excitado, restregándose los ojos, pero no llorando, y le dijo: “Le estaba sacando fotos a una nena arrodillada, que apoyaba la cabeza contra el suelo, y de repente un buitre gigante se posó detrás de ella. Seguí disparando, y recién después espanté al buitre”. Cuando trató de mostrarle el lugar, no se veía el buitre por ninguna parte, pero la nena seguía ahí, vencida por el hambre. Ninguno de los dos la ayudó a llegar al comedor, que estaba apenas a cien metros, cuenta Silva en el libro.

Kevin Carter, Premio Pulitzer, 1994.

Carter vendió la foto al New York Times, y ésta se convirtió en un símbolo de la hambruna, usada en infinidad de posters y campañas. Cuando se publicó en el diario neoyorquino, llegaron a la redacción miles de cartas preguntando qué había sucedido con la niña, qué había hecho el fotógrafo. Carter tuvo que confesar que no había hecho nada. Suponía, dijo, que se había levantado por las suyas y llegado al comedor. El 12 de abril de 1994, la foto ganó el Premio Pulitzer, el segundo de Sudáfrica. Cuando llamaron a Carter desde el diario para anunciarle que había obtenido el premio, el fotógrafo no entendió qué le estaban diciendo: llevaba dos días fumando Pipa Blanca sin parar, y no quiso ni atender a la ansiosa prensa extranjera. Marinovich cree que los cuestionamientos lo estaban enloqueciendo. “Es la foto más importante de mi carrera, pero no estoy orgulloso de ella”, decía Carter. “No quiero ni verla. La odio”. Su compañero no se atreve a juzgarlo en las páginas del libro. “Cuando Joao y yo estuvimos en Somalia en 1992, en medio de la hambruna, ninguno de los dos recogió a un solo chico enfermo o agonizante, aunque vimos cientos. Los mirábamos morir y sacábamos fotos. Yo me sentí impotente cuando fotografié a un hombre cuyo último hijo se le estaba muriendo en sus brazos. Eran buenas fotos; la tragedia y la violencia son imágenes poderosas; por eso las pagan así. Algo de la emoción, de la empatía y la vulnerabilidad que nos hacen humanos se pierde cada vez que apretamos el disparador”.

Ken O

Ken Oosterbroek

En la primera mitad de los ‘90, Thokoza era el barrio negro más peligroso de Sudáfrica, a sólo 16 kilómetros al sudeste de Johannesburgo. Los muertos durante los enfrentamientos eran tantos que la policía dejaba los cuerpos tirados en las calles durante gran parte del día, supuestamente porque no daban abasto. Había jaurías de perros callejeros que se alimentaban de cadáveres. El 18 de abril de 1994, el Bang Bang Club (salvo Kevin Carter, que supuestamente estaba dando entrevistas por su Pulitzer) entró a Thokoza. Querían cubrir la batalla entre los partidarios del CNA e Inkhata. Iba a ser atroz: faltaba muy poco para las elecciones. Esta vez estaban los peace-keepers, un cuerpo policial transitorio integrado por miembros de la policía sudafricana, miembros del ejército de las homelands y guerrillas de los movimientos de liberación, que tenía como fin controlar la violencia, sin ninguna eficiencia.

La incapacidad de la policía había irritado a Oosterbroek, que a esa altura era el único miembro del Bang Bang Club que se había hecho famoso (se lo conocía simplemente como Ken O) y amenazaba convertirse en una leyenda viviente, no sólo por su prestigio como jefe de fotografía del diario de mayor tirada de Johannesburgo, sino por su itinerario vital (el nacido en una familia conservadora y racista que se dedicaba a documentar la violencia) y por su cuidada imagen de sex-symbol motociclista: pelo largo, bigotes, un perenne cigarrillo de marihuana entre los labios, música de los Doors y Bob Marley siempre a su alrededor y su extraña relación con Mónica, una periodista del Star que amenazaba con matarlo si la abandonaba. Al atardecer, después de una discusión de Ken O con los policías, el Bang Bang Club se protegió precariamente de un tiroteo. No fue suficiente: las balas policiales hirieron a Greg Marinovich, que estuvo a punto de perder un pulmón, y Ken O agonizaba en brazos de Gary Bernard, un fotógrafo novato del Star, mientras Joao Silva los fotografiaba.

En primer plano, James Natchwey ayuda a Greg Marinovich, herido en el hombro . Detrás, Joao Silva fotografía a Ken Oosterbroek gravemente herido. 18 de abril de 1994.

Escribe Marinovich: “No podía hacer otra cosa. A Ken le hubiera gustado ver las fotos al otro día. De hecho, Joao pensó que Ken, siempre tan preocupado por su imagen, hubiera preferido fotos donde el pelo no le tapara la cara. A fin de cuentas, Ken era el profesional consumado, el que le había enseñado que primero se sacaban las fotos y después se lidiaba con los demás”.

Un oficial de Peacekeeping ayuda al fotógrafo Gary Bernard a asistir a Ken Oosterbroek, herido mortalemte. Foto tomada por Joao Silva.

Ken O murió camino al hospital. Esa misma noche, Joao Silva en un bar, borracho, destrozó varias cámaras y pensó en dejar la fotografía, mientras Kevin Carter gritaba a quien quisiera oírlo que esa bala debería haberla recibido él, no su amigo íntimo. Sin embargo, al día siguiente, Silva y Carter volvieron a Thokoza, y fotografiaron el estallido de violencia más grande de toda la guerra civil, y el último de esa magnitud. Mikey Persson, un fotógrafo inglés que solía acompañarlos, dejó la profesión ese mismo día. Hoy vive en California, dedicado a sacar fotos publicitarias de Harley Davidsons y tatuajes: “Dice que a veces extraña la adrenalina de la guerra, pero cuando le sucede eso, recuerda lo que pasó en Thokoza, y la excitación se desvanece al instante”. Dos días después de Thokoza, Inkhata anunció que participaría en las elecciones, y aceptó un alto el fuego. Ante la decisión, Nelson Mandela dio un discurso, en el que dijo: “Esperemos que Ken Oosterbroek haya sido la última víctima”. Hoy, en Thokoza, en el mismo sitio donde cayó bajo las balas, hay un monumento que lo recuerda.

La vida demasiado dura

Kevin Carter fue aclamado como un héroe en Nueva York cuando fue a recibir su Pulitzer. Todo el mundo quería conocer al hombre que había tomado esa foto atroz, y se sorprendían al descubrir un joven simpático, con su tatuaje del mapa de África en el brazo y la mirada algo perdida. Reuter lo había despedido después que terminara chocando contra un árbol y arrestado por manejar borracho cuando debía ir a sacar fotos de un mitin donde hablaría Mandela. Ahora, sin embargo, todo el mundo quería contratarlo. Carter terminó firmando para la agencia francesa Sygma. Pero no sólo no conseguía otra foto tan sobrecogedora como la de la niña y el buitre, apenas era capaz de hacer fotos. “Perdí la paciencia con él en esa época”, escribe Marinovich. “Teníamos que manejar tantos problemas, y Kevin sólo complicaba los asuntos más sencillos inventando un drama tras otro”. En julio de 1994, Sygma le pidió que cubriera la visita de Mandela a Mozambique. Carter no pudo despertarse a tiempo, a pesar de que había programado tres relojes. Milagrosamente consiguió un vuelo, y pudo tomar las fotos. Cuando regresó a Sudáfrica, fue a cenar a casa de un amigo y se dio cuenta de que había olvidado los rollos en el avión. Frenético, volvió al aeropuerto, pero nunca pudieron encontrar el material. Hasta el día de hoy, esas fotos están perdidas.

Pocos días después, el 27 de julio, Kevin Carter entró a su camioneta, conectó el caño de escape a una manguera, cuyo otro extremo echaba los vapores dentro de la cabina herméticamente cerrada y se calzó su walkman. Su nota suicida, de más de ocho páginas, decía: “Estoy deprimido, sin teléfono, sin dinero… atrapado por imágenes de asesinatos y cadáveres, furia y dolor, niños heridos o muriéndose de hambre, hombres que aprietan el gatillo con alegría, policías y ejecutores… Voy a reunirme con Ken, si tengo suerte”. Escribe Marinovich: “Convertimos a Ken en un héroe, pero fuimos mucho más ambivalentes con la muerte de Kevin. Yo seguí enojado con él durante mucho tiempo. Aceptamos hablar con los periodistas que escribieron artículos sobre la tragedia de Kevin Carter, pero con reticencia. Después vino aquel tema que escribieron los Manic Street Preachers sobre Kevin, en el disco en el que estaba Everything Must Go, que vendió millones de copias. Y después vino aquella obra de teatro basada en su vida. Y terminó imponiéndose la teoría de El Hombre Que Había Visto Demasiado. Pero hay una parte mía que sigue viendo la muerte de Kevin de la misma manera que la vieron los jóvenes luchadores de Thokoza. Un día, volvimos con Joao a la calle Khumalo, muy cerca de donde había muerto Ken O, y nos encontramos con un grupo de camaradas que nos recordaban. Sus casas estaban inhabitables, incendiadas, pero ellos seguían ahí, porque no tenían dónde ir. Uno de ellos se había enterado del suicidio de Kevin, y me dijo burlonamente: ¿La vida era demasiado dura para él? No supe qué contestarle”.

El fin del club

“Nos sentíamos culpables. Nos sentíamos buitres. Habíamos pisoteado cadáveres, metafórica y literalmente, para ganarnos la vida. Pero no habíamos matado a esa gente. De hecho, salvamos vidas. Y, a lo mejor, nuestras fotos marcaron una diferencia, mostrándole al mundo la lucha de la gente por sobrevivir, algo que de otro modo no hubieran conocido, o no tan nítidamente. Hubo momentos, como en Soweto, donde fui culpable por no intervenir. Pero yo no tenía la culpa por los miles de hutus muriendo de cólera en el este del Zaire, ni por la policía abriendo fuego sobre civiles desarmados en Boipatong. El sentimiento de culpa quizá tenía que ver con nuestra incapacidad de ayudar. Manejar la culpa es fácil. Superar la incapacidad de ayudar es mucho más difícil, casi imposible. Hoy puedo decir que no sufrimos ni la centésima parte de lo que sufrió la gente de nuestras fotografías. Hoy puedo decir que no éramos responsables: solamente testigos”.
A fines de 1994, meses después de la muerte de Kevin Carter, Joao Silva descubrió que algo en él había cambiado. Estaba en Afganistán, en la ciudad de Kabul, bajo fuego de tanques soviéticos. Durante un bombardeo, vio emerger de la polvareda a un hombre que llevaba a su hijo moribundo en brazos y pedía ayuda. Silva los cargó en su auto y los llevó al hospital, donde el niño murió. “Hubiera tardado un segundo en sacarles la foto, pero no lo hice. En otro momento, hubiera fotografiado primero y quizá, sólo quizá, habría tratado de salvar al niño después. Nunca me había sucedido antes: de alguna manera, que ese chico muriera delante de mí hacía que todo lo demás pareciera insignificante”.

Si tenéis ganas, aquí tenéis un documental sobre el tema. Eso sí, en inglés. Y aquí podéis encontrar otro artículo interesante sobre la muerte de Kevin Carter.

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