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Pie de foto: Lynsey Addario en Libia

Lynsey Addario, Libia, Marzo de 2011

Llevaba en Libia dos semanas fotografiando la insurgencia. Fotos como ésta, de rebeldes sin experiencia siendo atacados con ametralladoras y morteros. El 15 de marzo tres otros periodistas y yo fuimos capturados por las tropas de Gadafi. Nos obligaron a tumbarnos en la tierra y nos apuntaron con sus armas. Suplicábamos por nuestras vidas. Empezaron a manosearme muy agresivamente, a tocarme los pechos y el culo. Después nos ataron, nos vendaron los ojos y nos llevaron de un sitio a otro durante seis días.

Los tres primeros días fueron muy violentos: me golpearon en la cara varias veces y me metieron mano sin parar. En aquel momento era difícil justificar por qué me había metido a mí misma en esta situación. Cuando nuestros captores nos dejaban en paz, hablábamos de qué haríamos si consiguiéremos salir. Yo dije que seguramente me quedaría embarazada, porque he hecho pasar muy malos tragos a mi marido: me secuestraron en Falluja en 2004 y estuve en un coche que volcó pocos meses antes de nuestra boda. Algunos de nosotros nos preguntamos si queríamos seguir trabajando en conflictos, si valía la pena el sufrimiento por el que hacíamos pasar a nuestras familias.

Cuando salimos de esa, me sentí sorprendentemente bien. Habíamos sobrevivido y, cuando se sobrevive, los riesgos este trabajo siempre valen la pena. Luego, unas semanas después, Tim Hetherington y Chris Hondros murieron en Misrata, lo cual me provocó una crisis. Este trabajo requiere mucha habilidad, pero mucho se debe a la suerte. Cuando mueren tus amigos, te preguntas si vale la pena.

Otra de las fotos de la selección que hizo Guardian de fotógrafos de guerra hablando de las fotos que casi les matan. Aquí podéis ver la web de Lynsey Addario.

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Lynsey Addario. Revueltas en Libia

Lynsey Addario

Lynsey Addario, Libia, Marzo de 2011.

Llevaba en Libia dos semanas fotografiando la insurgencia. Fotos como ésta, de rebeldes sin experiencia siendo atacados con ametralladoras y morteros. El 15 de marzo tres otros periodistas y yo fuimos capturados por las tropas de Gadafi. Nos obligaron a tumbarnos en la tierra y nos apuntaron con sus armas. Suplicábamos por nuestras vidas. Empezaron a manosearme muy agresivamente, a tocarme los pechos y el culo. Después nos ataron, nos vendaron los ojos y nos llevaron de un sitio a otro durante seis días.

Los tres primeros días fueron muy violentos: me golpearon en la cara varias veces y me metieron mano sin parar. En aquel momento era difícil justificar por qué me había metido a mí misma en esta situación. Cuando nuestros captores nos dejaban en paz, hablábamos de qué haríamos si consiguiéremos salir. Yo dije que seguramente me quedaría embarazada, porque he hecho pasar muy malos tragos a mi marido: me secuestraron en Falluja en 2004 y estuve en un coche que volcó pocos meses antes de nuestra boda. Algunos de nosotros nos preguntamos si queríamos seguir trabajando en conflictos, si valía la pena el sufrimiento por el que hacíamos pasar a nuestras familias.

Cuando salimos de esa, me sentí sorprendentemente bien. Habíamos sobrevivido y, cuando se sobrevive, los riesgos este trabajo siempre valen la pena. Luego, unas semanas después, Tim Hetherington y Chris Hondros murieron en Misrata, lo cual me provocó una crisis. Este trabajo requiere mucha habilidad, pero mucho se debe a la suerte. Cuando mueren tus amigos, te preguntas si vale la pena.

Otra de las fotos de la selección que hizo Guardian de fotógrafos de guerra hablando de las fotos que casi les matan. Aquí podéis ver la web de Lynsey Addario.

Manu Brabo relata su cautiverio.

El fotógrafo Manu Brabo, emocionado, durante la rueda de prensa en el aeropuerto de Barajas. Foto por Luis Sevillano

«La cagamos pisándole un poco más de lo que teníamos que pisarle», reconoció ayer el reportero Manu Brabo (1981) nada más regresar a España. Explicaba así que él y sus tres colegas buscaban mejores fotografías de combate y acabaron metidos en la boca del lobo. Estaban el pasado 5 de abril en la línea del frente oriental de la guerra de Libia junto al «ejército de Pancho Villa», los rebeldes, cuando contraatacaron los «gadafos», los hombres de Muamar Gadafi. «Dispararon sobre nosotros y nos pillaron». «Hasta ese día estaba viviendo el sueño de mi vida», admitió sin saber si volverá a trabajar en el conflicto libio.

Fueron momentos de enorme tensión y peligro en los que Brabo, los estadounidenses Clare Morgana Gillis y James Foley, y el sudafricano Anton Hammerl huyeron cada uno como pudo de los disparos. Los tres primeros fueron capturados y metidos en un todoterreno a culatazos. Hammerl recibió al menos un balazo y lo vieron «pálido y con las tripas fuera».

Las autoridades libias lo han ocultado y llegaron a decir mientras se negociaba su liberación que estaba bien. Todo apunta a que murió. Su familia no descarta que fuera incluso abandonado en el mismo campo de batalla. «Yo creo que ha palmado», dijo compungido Brabo a ABC. Todo esto se ha sabido cuando los tres reporteros se han sentido a salvo fuera de Libia. Sudáfrica exige que encuentren el cuerpo para que, al menos, pueda ser enterrado dignamente. Es el cuarto reportero gráfico caído en esta guerra.

A Brabo se le atragantaron las palabras cuando, sentado entre sus padres, trató de dar las gracias a todos los que han luchado para que terminara su cautiverio de 43 días, especialmente al diplomático enviado a Libia por el Ministerio de Exteriores. Decenas de informadores lo esperaron en el aeropuerto madrileño de Barajas. «Estoy flipado», dijo instantes antes de rebobinar la «película» de este mes y medio en el que «no le ha salido de las narices perder la esperanza y convertirse en un andrajo en su celda».

Baile de mazmorras

El baile de mazmorras empezó en una casa de Brega, donde los capturaron. De allí, a un calabozo supuestamente en Sirte. Interrogatorio con los ojos vendados y entrevista con la televisión libia junto a un equipo de la cadena MBC detenido también. «Tranquilos, que esto son tres días», dijo uno de los reporteros de la MBC camino de Trípoli. Todos pensaban que iban a ser puestos en libertad al llegar a la capital. «Él sí se fue, nosotros no», recordó Brabo con cierto humor. Eso sirvió, al menos, para que se tuvieran las primeras noticias de que el fotoperiodista español estaba en Trípoli.

Pasó 12 días aislado en una celda. Lo interrogaron durante cuatro horas y lo tacharon de espía pero la primera vez que lo llevaron a los juzgados el tono bajó y los acusaron de entrar en el país de forma ilegal y trabajar sin permiso. Tras un nuevo traslado, compartió celda con ocho reclusos. Desde allí le dejaron llamar a sus padres. Era el 23 de abril y por vez primera se tenía desde España contacto directo con él. Tras una segunda sesión en los juzgados se le presentó un amigo de Saadi Gadafi, hijo del dictador, que consideró la detención de los reporteros una «injusticia». «Me dio 50 dinares con los que compré tabaco y cepillos de dientes para toda la celda», señaló Brabo.

Entonces los trasladaron a una villa. «De repente tengo cama, espejo, dos libros en inglés y un plato de pescado con gambas». Pero los bombardeos de la OTAN los obligaron a una nueva mudanza. Acabaron en otra casa que Brabo calificó de «granja de engorde» por como les daban de comer. Es allí donde recibió el 9 de mayo la visita de Diego Ruiz Alonso, el diplomático enviado hace más de un mes a liberarlo. «Lo peor ha pasado, ten paciencia y no hagas ninguna cagada», dijo el reportero que le aconsejó. El final estaba, efectivamente, cerca. El martes pasado en el tribunal «el que era fiscal se pone la toga y ahora es el juez». Cerró el tejemaneje procesal dejándolos libres pero heridos por la ausencia de Hammerl.

ABC

Cámaras por Manuel Vicent

Aquí os dejo un artículo del gran Manuel Vicent que publicó El País este domingo.

Cámaras

Manuel Vicent

Donde no hay cámaras no existe la historia, pero sucede a veces que las cámaras muerden y mastican más historia de la que pueden tragar, son incapaces de digerir dos grandes tragedias simultáneas. Le pasa también al cuerpo humano: nunca duelen dos cosas a la vez. En el cerebro se concentra el dolor principal, que anula todos los demás. Estos días las cámaras se están volviendo locas a la hora de elegir entre el maremoto de Japón y la insurrección de Libia. Mientras devoraban primero la tragedia nuclear de Fukushima, donde el rabo ardiente de Satanás comenzó a liberar ponzoña radiactiva, el tirano Gadafi bombardeaba a su pueblo impunemente a mansalva sin testigos. Las cámaras se hallan indecisas todavía. La revuelta de los países árabes tiene una estética de botellón. Es la revolución de Internet. Por primera vez la información, que a lo largo de la historia había sido manipulada siempre desde arriba por el poder, es generada hoy desde el fondo de la sociedad cohesionada a través del móvil. Con solo agitar un dedo sobre un ínfimo teclado en tres segundos se puede mandar para consumo de todo el planeta la imagen de un niño destripado por un misil amigo o enemigo, y bastará ese mensaje para que los internautas, los nuevos protagonistas de la historia, convocados a una plaza para beber litronas y bailar el rock sean invitados a levantarse en armas contra los tiranos, pero su cólera puede disolverse como una llamarada en el vacío y quedar en nada. En cambio, de la tragedia de Japón serán ya perennes, tal vez, dos imágenes que podrían constituirse en un símbolo de nuestro destino. En una de ellas se ve al emperador de rodillas, frente a las víctimas del desastre nuclear, sentado sobre sus propios talones, las manos juntas en una mutua plegaria taoísta; en otra aparece un japonés anónimo en el tejado de su casa derruida, solo en medio de una destrucción insondable que se pierde en el horizonte. Parece que este hombre es el último habitante que ha quedado vivo en la tierra. Está sumido en una honda meditación. Firme, asombrado, fatalista, su espíritu indomable está aislado de la catástrofe que le rodea. Sabe que la salvación depende solo de su conciencia convertida en eje de acero de todo su cuerpo. Este japonés solo en el tejado es todo el universo.

El País.

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