Harold Feinstein. Cuando algo te deje con la boca abierta

Harold Feinstein. Cuando algo te deje con la boca abierta

Harold Feinstein, Coney Island, 1949.

Nací en Coney Island. Me gusta pensar que caí desde el útero de mi madre al divertido parque gigante Parachute Jump mientras comía un perrito caliente del Nathan. Hice esta foto en la playa, allá por 1949, cuando tenía 18 años. Por aquel entonces, no se veía a mucha gente haciendo fotos. Recuerdo a estos chicos retándome: ‘Ey, señor, haznos una foto’. Nunca he sido de los que se niegan. Cuando la gente grita algo así, ellos mismos hacen la foto simplemente por quererla. No era una escena atípica en Coney Island. Era un buen lugar para dar una vuelta, perder tus inhibiciones y hacer lo que te saliera naturalmente. Hacía sol, el suficiente calor para bañarte en el océano y un montón de gritos y ruido. Se podía escuchar a la gente gritar en la primera bajada de montaña rusa – pero también había quietud en todo esto, porque era un ruido muy continuo.

Estos chicos probablemente iban al instituto y en su tiempo libre pasaban el rato en las esquinas de Brooklyn cuando no estaban aquí. Era justo después de la Segunda Guerra Mundial, así que aún había racionamiento y vales de comida, pero su objetivo era pasarlo bien de una forma u otra. La gente así hace fotos porque sienten un ansia de reconocimiento: las relacionan con ser jóvenes, con estar enamorados y con salir con un montón de amigos. Nunca volví a encontrarme con ellos, pero en los años 80 recibí una llamada del sobrino de la chica. ‘Es incluso más guapa ahora’ me dijo.

Coney Island era mi isla del tesoro. Casi siempre trabajaba tan rápido que no veía detalles de las fotografías hasta que las revelaba. Es ésta, no me había dado cuenta de que la chica tenía el brazo alrededor del chico, ni de las pecas en la espalda del de atrás. Había tantas cosas por fotografiar que la cuestión no era cómo hacer una buena foto, sino cómo no perderla. Tenías italianos, portorriqueños, gente de todas partes del mundo y no tenías que pagar para entrar. Realmente era el sitio de la gente. Me encantaba montarme en la montaña rusa Cyclone. Me ponía justo en las primeras filas. Luego, en la mayor caída, me ponía de pie, me giraba y hacía fotos a quien tuviese detrás mía gritando.

Empecé a hacer fotos en 1946. Antes de eso, era pintor y dibujante con el apoyo de mis padres. Se disgustaron un poco cuando empecé con la fotografía. Pensaban que los fotógrafos eran tipos que hacían fotos en las bodas. Me atrajo la fotografía callejera porque allí hay fotos en todos lados: una mujer sujetando un perro, un bebé gritando para que lo pongan en el carrito, niños jugando al beisbol, tiendas con barriles gigantes de pepinillos en la puerta. Quería fotografiar la vida y allí estaba.

Cuando fui reclutado para la guerra de Corea, pedí ser fotógrafo pero me metieron en infantería. Tuve suerte de escaparme porque si hubiese sido un fotógrafo oficial, tendría que haber fotografiado eventos oficiales. Ser de infantería significaba que podría fotografiar la vida en el Gls y en Corea tal y como yo la veía.

Ahora soy profesor y el consejo que le doy a mis estudiantes es: cuando algo te deje con la boca abierta, pulsa el disparador. Y donde yo me quedo constantemente con la boca abierta es en Coney Island.

 

Traducción de un artículo original de The Guardian.

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